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lunes, enero 17, 2022

Capítulo 8.- Coatlicue

 

CAPÍTULO 8.- 

COATLICUE. Importante vestigio.

Uno de mis recuerdos más claros durante mi época de educación primaria era recorrer en un jeep del ejército la Zona Arqueológica de Teotihuacan. Ya desde antes había sido atraído por los monumentales edificios en las zonas arqueológicas que visitábamos mis padres y yo. Más tarde, en la época que cursé la educación secundaria, asistí por primera vez al Museo Nacional de Antropología (MNA) y ahí conocí todo un mundo que me pareció como de cuento.

En ese recinto tuve la oportunidad de admirar uno de los tantos monolitos que ahí se exhíben: La Coatlicue. La Tonantzin. La de la Falda de Serpientes, y aunque parecía un tanto aterradora por todo lo que ahí se representaba, en lo personal me causaba mucha atracción. Me parece que ese fue el momento detonante en el que elegí saber más de lo que ahí podía ver. Tantas piezas, tanta historia. La historia de un grupo que se apersonó en mi ciudad natal, la hoy Ciudad de México, la antigua Mexihco Tenochtitlan. El MNA se convirtió en un lugar de muchas visitas para un servidor, y por consiguiente, inculcando a las nuevas generaciones mi pasión por toda esa historia.

Retomando el concepto Coatlicue, me permito analizar la etimología de la palabra: Coatl = Serpiente; Cue = Falda; i = forma que da posesión en tercera persona de la palabra Cue. No dudo en asegurar que estéticamente, es una gran obra que muestra la simbología exacerbada de una parte de la cosmovisión del pueblo mexica. La dualidad está presente en toda su maravillosa estética. Pero no solo la dualidad, sino el concepto Ometeotl, la dualidad dadora de vida; Omecihuatl y Ometecuhtli, lo femenino y lo masculino. Ese pensamiento dual está presente en la mayor parte de la cosmovisión mesoamericana, no solo de los mexica (que fueron los que a final sucumbieron ante los europeos y algunos otros grupos mesoamericanos); sino de los demás habitantes de lo que hoy es el territorio mexicano. Explicaré dos de las secciones que están plasmadas y que me parecen importantes para ir aprendiendo un poco del pensamiento mesoamericano y la simbología que lo caracteriza. 

La primera que explicaré, tiene presente la dualidad Vida y Muerte, y se muestra en una parte muy importante de su cuerpo: el vientre. En las pláticas que imparto acerca de la cosmovisión, siempre pregunto cuál consideran es la intención de que un cráneo que representa a Miquiztli (muerte), esté en el vientre. Poca gente puede describir la idea de que se ubique ahí el cráneo. El pensamiento occidental no nos perite ver más allá de lo obvio. Va la explicación:

En el preciso instante en que nuestros padres nos conciben, ese momento en el que el espermatozoide penetra el óvulo, nos conceden la vida. Pero en ese mismo segundo, también nos regalan la muerte; que en el mundo prehispánico es solamente un paso más de la vida, con sus niveles infra terrenales (nueve) y supra terrenales (trece), para en algún momento regresar al Omeyohcan, el lugar donde radica la Dualidad Eterna, Ometeotl. Donde todo inicia nuevamente. En el mundo occidental es imposible pensar que nuestros padres nos regalaron la muerte. O si lo dudan, coméntenlo con ellos. 

La segunda características estética a explicar, y que la gente no descifra al contemplarla, pero en el momento de explicárselos caen en cuenta de ello, es la parte que supone la cabeza de la Coatlicue. 

Lo que se aprecia en primera instancia son dos serpientes de perfil, frente a frente. Con sus cabezas, colmillos, ojos, lenguas bífidas, escamas en forma de chalchihuites (piedras preciosas), etc. Después de estarla contemplando un rato puede llegar a notarse el efecto para lo que fue concebida. Eso también sucederá en el momento que alguien se lo explique. Las dos serpientes van a formar una serpiente que está de frente, mirándonos, con sus ojos muy atentos, sus colmillos amenazadores y percibiéndonos con su lengua bífida. Ese efecto es el resultado de la dualidad que se concentra en un solo personaje: Ometeotl.

Como ya lo dije antes, no tengo ningún impedimento en decir que estéticamente es una magnífica obra de arte, que cumple con los cánones para influir en el pensamiento religioso de los antiguos mexicanos.

La historia que la rodea es muy singular. Fue rescatada en 1790, junto con la Piedra del Sol, al hacer trabajo de alineación en la plancha del Zócalo de la CDMX. A partir de ese momento fue estudiada de manera muy profunda por uno de los ilustrados de la época previa a la independencia: Antonio León y Gama, astrónomo y escritor, que hace un ensayo que titula “Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790”. Hace un dibujo muy detallado de este monolito, que se antoja digno de revisarlo. 

Algunos datos con respecto a las medidas: Altura, 3.50 metros; Ancho, 1.30 metros; el material en el que está tallada es basalto.

Otro dato curioso con respecto al monolito es que, se dice que recién iniciada la evangelización (S XVI), a la Coatlicue la enterraron con la cabeza hacia abajo, con tal de que no se fuera a salir y mejor se dirigiera rumbo “al lugar de las tinieblas y ya no saliera de ahí” (sic).

Faltan muchas cosas por describir de este monolito tan interesante, pero el espacio no permite extenderme, aunque habrá otra ocasión para hacerlo.

Estimado lector, espero sus comentarios al correo que viene más abajo. Nos leemos la próxima semana, que #HablemosDeArqueolgía. 

#HablemosDeArqueologíaCarlín 

https://www.facebook.com/Mah-titlahtohcan-itech-arqueología-108577840559560/

Luis Humberto Carlín Vargas
Arqueólogo egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Coordinador General del Proyecto Cultural León Prehispánico (PCPAC). Coordinador Académico de los Diplomados de Arqueología e Historia de México (DAeHM). Ingeniero en Sistemas. Músico. Correo electrónico: luishumberto.carlin@pcleonprehispanico.com


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