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miércoles, diciembre 8, 2021

“Lo siento, el corazón de su bebé se detuvo” – testimonio de pérdida gestacional”

Por: Miriam del Toral y Mariana Castañeda

Decidí ser madre por segunda ocasión después de mucho tiempo buscando y que no llegaba. Mis estudios, decían que el hipotiroidismo no me lo permitía. Pedimos apoyo extra y fuimos canalizados a biología reproductiva, más días antes de llegar a mi primera consulta me di cuenta de que ¡estaba embarazada! Fue un shock de sentimientos lloramos, reímos, corrimos a compartir la noticia ya estaba aquí el 4to integrante de nuestra familia.
En mi trabajo me pidieron chequeos en el IMSS como protocolo de seguridad para la empresa, así que acudí a consulta y me pasaron a ultrasonido (supuse algo rutinario y rápido). Pau, mi hija mayor preguntó si podía entrar le dijeron que sí. Entró brincando de emoción.
El doctor encargado, no me volteo ni a ver. Dijo: “acuéstese y baje su pantalón y suba la blusa”. Puso gel y empezó a buscar con su aparato que me apretaba el vientre. Pau me veía emocionada, yo le sonreía y le decía que viera la pantalla, ahí estaría su hermano. Entonces preguntó al doctor que “¿dónde estaba su hermanito?”. El médico dijo: “pues lo mismo intento saber, porque parece que no hay vida”.
Me sobresalté, vi la pantalla y no entendía nada. Entonces sentenció: “No hay vida, usted tiene un huevo hueco, no hay pulso… Pásenla a legrado” – indicó. Yo dije: “¡No! A ver, espéreme tengo 4 meses de embarazo”. Y dijo: “No, señora, ‘tenía’, porque el huevo marca menos tiempo” – mientras extendía una orden que me puso en las manos y llamó a una enfermera, para que me llevara a legrado de inmediato.
Me rehusé, le dije que quería ver a mi médico particular y que no quería quedarme. Entonces, mientras arrebataba la hoja de mis manos, ordenó: “pues firme aquí, que se hace responsable de su salud y haga lo que guste”.
Firmé y salí nerviosa, asustada. Pau estaba desencajada y se negó a salir, tirándose en el suelo del consultorio pues ella quería ver a su hermano. Logré salir, le marqué a mi esposo y le dije lo que había sucedido. Llegó rapidísimo y marcamos a mi ginecólogo particular, quien me dijo que no me asustara, que esperara 15 días para revisarme. Le dije: “¡Doctor, me dicen está muerto, véame, por favor!”. Me pregunto algunas cosas y como mis respuestas eran negativas, me mencionó los síntomas de alerta y me indicó que esperara. Fueron 15 días de terror constante. Le pregunté a todo amigo médico qué opinaba, revisé a “San Google” y recé a toda hora.
Llegó el día, acudí a consulta y mi médico cariñosamente, me hizo una serie de preguntas que me hacían clara la situación: no dolían ya los pechos, no había cansancio, se habían ido los ascos, etc. Me llevó a revisión en el ultrasonido, era la hora de la verdad. Mi esposo tomaba mis manos.
Aplicó el gel y empezó a ver la pantalla con detenimiento y también con otros aparatos. Finalmente, nos miró, se quitó los lentes y dijo: “Lo siento, el corazón de su bebé se detuvo” … En ese momento, el mío también.
¡Eso no podía estar pasando! ¡Lo había intentado tanto! ¡Lo había visto crecer, era mío! Ya todos lo sabían. Pau estaba tan emocionada. ¡Eso no podía ser! ¡Mi hijo había estado muerto en mi cuerpo!
Pregunté varias veces cómo podía haber pasado. El doctor fue amable y me lo explico las mil veces que lo pregunté. Nos dijo que no había culpables, así era la biología, la química, la vida…
Indicó que esperáramos unos días para que mi cuerpo lo rechazara de manera natural. En el día 3, llegó el Apocalipsis para mí. Había sangre en mi ropa. Llamé a mi médico y me dijo que tuviera paciencia pues la expulsión se llevaría días. Mi hijo se desprendía de mis entrañas. No sé qué dolía más, la realidad vista ante mis ojos o el dolor de mi matriz. Me metía a la regadera y llorando veía la sangre irse por la alcantarilla. Me preguntaba si mi hijo se estaría yendo por el desagüe. Me acostaba empapada y mi esposo me abrazaba presionando mi vientre, para aminorar el dolor.
Tres días después no podía más con el dolor, era insoportable. El médico, me revisó y dijo que era necesario pasar al legrado. Fuimos al hospital, me dieron el ingreso. Mi esposo me abrazó y besó y entré al quirófano sola. Lloraba en silencio. Pensaba que debería estar ahí para conocer a mi hijo, no para desecharlo.
El doctor dijo: “Todo estará bien, Mariana, ya no habrá más dolor y estarás bien” … Justo en ese momento, se escuchó el llanto de un bebé naciendo en el otro quirófano. El médico vio la expresión de mi cara y pidió que me durmieran.
Minutos después desperté y me dijeron que todo había salido bien y que podía irme a casa. Me vestí y salí, abracé a mi marido en esa madrugada fría y hueca. Faltaba algo, faltaba mi hijo, faltaba mi amor propio, en parte me odiaba a mí misma.
Llegamos a casa aproximadamente a las 8 am y empezó a sonar mi celular. Era mi jefa. Estaba enojada. Ella consideraba que después del legrado ya podía volver a trabajar, así que me marcó y marcó para que me fuera a la oficina, que fuera responsable y acudiera a hacer estados los financieros. No quería que me fuera a casa sino a la oficina y que a menos que viera el sangrado no creería que sí había ocurrido un aborto.
Me gritaba, me marcaba a toda hora diciendo que necesitaba que le hiciera su trabajo, hasta que llamé al director de mi área, le expliqué qué había pasado y le pedí apoyo. La señora se molestó aún más y pidió me corrieran por no tener compromiso con la institución. Le envíe un correo en el que tiré todo mi dolor, mi frustración e ira. Le dije que era lógico que no entendiera lo que me estaba pasando, pues no era mamá, pero que yo no era una máquina. Estaba rota, física, sentimental y mentalmente.
Fue necesario que mi médico extendiera un certificado que llevé al Imss para que me dieran licencia de incapacidad por 15 días. La mujer hervía de coraje porque nadie podía hacer mi trabajo, sin embargo, no le contesté más.
Esos días me hundí en mi dolor, en mi coraje. Veía llorar a mi hija mientras preguntaba dónde estaba el bebé. Fue muy difícil. El dolor me consumía, las ideas me mataban. Me extendieron la incapacidad por depresión – de acuerdo con la hoja – por huevo hueco.
La gente llamaba para “apoyar” pero me hundía más pues me lastimaban con frases como: “No te preocupes, ya vendrá otro bebé, son jóvenes”; “agradece que no se murió Pau”; “Por lo menos murió así y no nacido”; “es que no debías intentar tener bebés si tienes hipotiroidismo, debiste operarte”, “es que no se debe contar del embarazo hasta después de los 6 meses, para que la gente no sepa que no tienes vientre caliente y se te mueren los hijos”…
Mi esposo me apoyó y motivó. Nunca lo vi llorar. Hasta llegué a creer que no le dolía, pero en realidad se aguantaba para no lastimarme más.
Volví al trabajo, pero me cambiaron de área, lejos de esa mujer sin corazón; más seguían las miradas y los “pobrecita” en voz baja, pero que sí oía.
Todo siguió y la vida cumplió su ciclo. Las 4 estaciones del año pasaron y en mi control de tiroides me preguntaron “¿está embarazada?”. Ya no lo había intentado, ya era una ilusión muerta para mí, así que dije: “no creo, pero si quiere haga la prueba”.
Cuando me enviaron los resultados ¡había un bebé! ¡Estaba embarazada de nuevo! ¡Tenía miedo más me llené de amor! En cuanto vi a mi esposo, puse una hoja en sus manos que decía: “Keep calm, vamos a ser papás”.
¡Estábamos mega felices! Fuimos al médico todo estaba bien. Le dije que cancelaría un viaje que tenía y me preguntó “¿a dónde es? Le dije que a la playa y me dijo: “para nada, no lo cancele. Lo necesita. Vaya, relájese, descansen, gocen y disfrútense en familia. Todo está bien, ya tiene 3 meses”.
Cuando volvimos a consulta después de las vacaciones y todo estaba ahí: su corazón, su cuerpo, mi ilusión y mi vida. Mi hija, mi bebé arcoíris, María Cristina, nació en la semana 42. Hoy, soy mamá de 3.
Aún duele su adiós, no tener algo de él, tratar de imaginar su olor, sus ojos, cómo sería su risa… Duele igual o más pero ese dolor ahora está transformado en amor y empatía. Es la luz de mi hijo, que amo, añoro, recuerdo y sé que un día volveré a tener cerca cuando el destino nos junte de nuevo en el cielo. Pau le cuenta a Cristina sobre su hermano, cómo se fue al cielo y cómo las cuida.
Mientras tanto, apoyo, impulso y contengo a toda madre que ha visto partir a su bebé antes de lo deseado porque yo tuve que salir adelante sola, nunca encontré una red de apoyo para mamás dolientes. Me llené de libros de tanatología, trabajé mi duelo, el de mi hija y esposo. Apoyé en dejar un precedente en mi trabajo sobre protocolo de atención a madres con pérdidas gestacionales.
Hoy, la vida me abraza y yo la abrazo. Después de todo, no toda madre puede presumir que tiene un ángel. Mi bebé estrella, “Maradonio”, es el mío.

Miriam del Toral
WhatsApp para asesoría de lactancia: 477 674 9021. Asesora especializada en Lactancia y Múltiples, Lactivista, columnista, comunicóloga, especialista en Desarrollo Humano y en Facilitación de Grupos. Acompañante Tanatológica. Es fundadora de Maternidad Sustentable, donde se difunde información sobre lactancia materna y crianza respetuosa. Docente en PILU. Colabora en Fuente de Vida, Grupo de Apoyo a la Lactancia y en UPA Tribu.

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