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martes, agosto 9, 2022

Acumulación y desigualdad

“Lo contrario del amor no es odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte.”

     Elie Wiesel

“Cada vez iré sintiendo menos y recordando más.”

Julio Cortázar

La lógica del sentido común es hacer y aceptar lo que da como establecido, lo vigente, y se asume como vive como lo normal, lo aceptado. El hacer lo que se nos impone es casi el único mandato en todo el proceso educativo, ya sea social, familiar y escolar. Se educa para la obediencia y para evitar que las personas puedan pensar libremente. Se educa para la dominación y para reproducción social. 

Muchos investigadores e investigadoras, educadores y educadoras, filósofos y filósofas, incluida Mafalda, el personaje de Quino, dan cuenta de forma critica de todo el aparato institucional que está alineando y que se va configurando desde el poder y desde el ejercicio de la autoridad y con una gran dosis de una retórica cultural que abona sin ningún escrúpulo, a la docilidad, a la sumisión, al silencio y    literalmente a sepultar la creatividad, la curiosidad y la capacidad de preguntar, de indagar e investigar lo necesario para desmontar, deconstruir, el sistema de creencias y afirmaciones que se presentan como una verdad absoluta, ya sea como ideología, como verdad científica, como verdad histórica, como costumbre, como tradición, como mito o como creencia.

La sociedad de mercado en la lógica del capital juega a una pretendida homogeneidad, esto es, proyecta la idea de que nos trata a todas y todos como iguales, en los marcos legales y declarativos, pero a la vez, se poner a jugar la diferenciación – como un factor de mercado- que hace que se pueda “seleccionar”, “clasificar” o “catalogar” a millones de personas en función de intereses estrictamente económicos y procurando los mayores beneficios de unas pocas personas. No es un asunto menor que la acumulación de la riqueza en México haya llegado al punto de que solo 14 magnates, hasta mayo pasado, hayan concentrado 150 mil 700 millones de dólares en riqueza, esto según el Informe de la Red Latinoamericana por Justicia Económica y Social (Latindadd), como lo han reportado diversos medios de periodísticos en la semana que paso. “En promedio cada multimillonario tiene 10 mil 800 millones de dólares, cifra que es la mayor en toda Latinoamérica, aun considerando a Brasil que tiene la más alta concentración de la riqueza por países, que es 228 mil 700 millones pero que se reparte entre 66 individuos; México cuenta con 4 veces menos multimillonarios, pero la riqueza promedio acumulada por cada uno de ellos es 210 por ciento mayor que la economía más grande de la región. […] La organización, consigna que, de acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la riqueza de los multimillonarios en América Latina ha crecido más de 40 por ciento desde que inicio la pandemia.” (La Jornada 3 de octubre de 2021).

La realidad es pese a nosotros y pese nuestros buenos deseos. La ilusión del éxito que el mercado vende nos pone en la condición dominados. Habrá que preguntarnos que es lo que hemos hecho como sociedad hacer unos poco, unas 300 personas en el mundo concentren la mayor riqueza, que la acumulación haya llegado a estos niveles que demuestran que la desigualdad y la pobreza son los verdaderos problemas el orden económico, y los otros problemas como lo es el calentamiento global, la crisis energética, la destrucción de la naturaleza están directamente relacionados con los beneficios y ganancias que obtienen sus empresas, sus negocios y su ambición.

Thomas Piketty, economista francés, ha planteado en su libro “Capital e ideología” que deberá establecerse un mecanismo a nivel global para distribuir la acumulación excesiva de la riqueza que se hecho en los últimos tiempos, él, también ha señalado que la “desigualdad es una ideología, la ideología no es un proceso natural, sino que se funda en decisiones políticas”. Este autor señala, que los grupos dominantes necesitan inventar narrativas más sofisticadas que dicen “somos más ricos que ustedes, pero en realidad eso es bueno para la organización de la sociedad en su conjunto, porque les traemos orden y estabilidad”, “les brindamos una guía espiritual” en el caso del clero o del Antiguo Régimen o “Aportamos más innovación productividad y crecimiento”, no son verosímiles en su totalidad, pero tiene algo de real, tan es así que funcionan.

Es claro que no se trata solo de vernos como iguales desde la homogeneidad social. El punto central es reconocer que la estructura económica busca en la diferenciación y en la misma desigualdad usar y crear los mecanismos y los medios para ofrecer “salidas y oportunidades” para que unos pocos afortunados y seleccionados puedan tener alguna movilidad social, siempre y cuando se adapten a las reglas, normas y mandatos que se imponen. 

Si bien, es cierto que la educación es un elemento para la movilidad social, el modelo meritocrático no corresponde con las posibilidades de ascenso social y económico para muchos, la visión de élite y el individualismo es la zanahoria que alienta la autoexplotación por una parte, y alienta la corrupción, el fraude y la ilegalidad -al menos en materia de negocios- como la única forma de lograr el éxito. 

 Así, la posibilidad real de tener por ejemplo una propiedad, una casa, un auto, un terreno no están garantizadas para todos y todas. Una regla del capitalismo es hacer mercancía todo, incluido el éxito. Otra regla es que se es un ciudadano o ciudadana siempre y cuando seas un buen consumidor. Obtener un bien inmueble, por ejemplo, implica empeñar la vida para ser un consumidor y que se viva como deudor permanente, ya no se trabaja para vivir, sino para pagar las deudas y en ello nos morimos.

Toca que podamos pensar y preguntarnos sobre los saldos que la pandemia deja. La pandemia vino a hacer visible lo real de la realidad y sí, es una realidad muy dolorosa, triste, inhumana y profundamente injusta por desigual. No podemos pensar en regresar al pasado con la anterior normalidad. No habremos avanzado nada sino revisamos de fondo la estructura social y económica para crear otras formas de organización y producción social, pensar en lo diverso, en lo múltiple, en lo diferente es crear alternativas, salidas y nuevas oportunidades para refundar la noción social del desarrollo, no sólo el lado económico, sino crear nuevos espacios para la negociación con el poder, de poner como prioridad la vida y la dignidad humana de todas las personas por diferentes que sean y que sea la diferencia lo que nos convoque y nos reconozca como iguales.

 

Arturo Mora Alva
Arturo Mora Alva
Biólogo por la UNAM, Mtro. en Educación por la UIA León, Doctor en Estudios Científico Sociales por el ITESO con especialidad en Política. Profesor Universitario en todos los grados. Investigador Social, Consultor y Analista.

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