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sábado, junio 22, 2024

El lugar en donde nos encontramos

“Todo el mundo busca la felicidad, y hay un medio seguro para encontrarla. Consiste en controlar nuestros pensamientos. La felicidad no depende de condiciones externas, depende de condiciones internas”.               

  Dale Carnegie

“Lo que el sol es para las flores, las sonrisas para la humanidad. Estos son solo nimiedades, sin duda; pero dispersos a lo largo del camino de la vida, el bien que hacen es inconcebible.”

         Joseph Addison

“El caos es la partitura en la que está escrita la realidad”.

    Henry Miller

“Para vivir y escribir poesía hay que tener huesos que no teman hacerse polvo.”

    Malú Urriola

“La imaginación debería usarse, no para escapar de la realidad sino para crearla.”

    Colin Wilson

 

Cada vez es más evidente y de muchas maneras comprobado el hecho de que el entorno en el que vivimos hace que nos comportemos de ciertas formas, singulares en cada persona, y que nuestras reacciones están en función del medio ambiente en el que vivimos y de la calidad y motivo de nuestras interacciones humanas.

Los entornos familiares son por demás diversos y complejos. Lo sabemos cada cabeza es un mundo, y cada familia un sistema planetario. “Todo” se parece, pero “Nada” es igual. La configuración social y cultural crean una gran matriz que se factoriza creando situaciones únicas en donde el azar y la necesidad se confabulan para mimetizarse con realidad y presentarla como sí sólo hubiera unos cuantos guiones a seguir en la vida de todos y todas.

La realidad muestra que la subjetividad de cada uno se construye en la realidad cotidiana. Uno no elige a la familia en la que se nace, ni determinamos la forma en que los vínculos socio afectivos se establecen en ella, ni mucho menos la manera en que quedan registrados en muestra consciencia y en el inconsciente el cúmulo de registros emocionales y sentimentales mediados por los actos y sobre todo por el lenguaje y que al final de cuentas van configurando las diversas formas en las que asumimos nuestra identidad, moldemos el carácter y definimos dinámicamente la personalidad. Nada es estático y todo es relativo en el proceso de hacernos personas.

En estos días que valoramos con especial gratitud a la naturaleza por la lluvia, que todavía es escaza, nos damos cuenta que nos faltan muchas áreas verdes, y muchos árboles, nuestras ciudades son concreto, asfalto, ladrillos, tabiques, postes, cables que son lianas artificiales que se funden con estructuras metálicas de diverso orden que han suplantado los horizontes y paisajes naturales.

Hace unos días Irene Vallejo escribió: “Hoy, pese a las proclamas verdes, las ciudades talan árboles, los parques menguan y proliferan las plazas de hormigón. Desaparecen los bancos donde sentarse a dejar las horas gratis, donde sentir la bienvenida de una convivencia improvisada. Su ausencia nos empuja a pagar la factura de la comodidad en terrazas, restaurantes o tiendas. Triunfa e urbanismo poco confortable, los desiertos de cemento, la intemperie sin doseles vegetales: la áspera hostilidad frente a la hospitalidad. El espacio público se parece cada vez menos a una extensión colectiva del hogar, y cada vez más a los fríos corredores de un centro comercial. Quien no quiere o no puede gastar, exiliado del consumo, solo puede circular, como peatón errante.”

El entorno nos segmenta, nos condiciona, ahora no buscamos la sombra de un árbol, que casi no hay para dar sombra, si no que ahora vamos por los espacios comerciales climatizados, entrar a tiendas departamentales, a supermercados, a plazas comerciales para tener un lugar fresco en donde sentarte un rato, todo se alinea para ser consumidores, dejando de lado el ser seres humanos, que tendríamos un compromiso y una necesaria interacción e integración con el medio ambiente, al menos de forma idealizada, con un mínimo de responsabilidad.

“La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz.” Escribió Eduardo Galeano y que, en relación a lo paradójico y contradictorio de nuestra relación con la naturaleza, relató el mismo Galeano, un comentario que llego a escuchar de una señora que dijo ante una planta artificial “Qué bonita, hasta parece natural.”

El consumo y la sociedad mercantil ha creado: “El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo.” Ha puesto de manifiesto Luiki Alonso.

El lugar que nos encontramos lo podemos transformar, al menos manifestado con acciones lo que queremos en nuestro espacio vital, familia, pareja, amigos, vecinos, compañeros y compañeras de estudio y trabajo. Construir y crear relaciones funcionales, sanas, dialógicas, humanas, desde el respeto y la dignidad debería ser la tarea inmediata y urgente, junto con la gestión y expresión adecuada, inteligente y oportuna de las emociones. Los saldos ante la ausencia de estos rasgos civilizatorios son las reacciones e interacciones de encono, polarización y violencias, que dan fundamento a las enfermedades socioemocionales que se están exteriorizando cada vez más: estrés, ansiedad, depresión, adicciones, fatiga crónica y burnout.

Por otra parte, nuestro compromiso con la ecología, nos tiene que llevar incidir en las políticas púbicas para poder cambiar las prioridades en las ciudades con relación a la vegetación urbana, a sostener una cultura del agua, a impulsar servicios de públicos eficientes, -cero fugas, cero desperdicios y cero derroches del agua-; Es necesario crear e impulsar el desarrollo del equipamiento urbano, con criterios sustentables y sostenibles, crear, ganar y recuperar los espacios públicos para la recreación, la convivencia y el deporte. Reducción, reciclaje y reutilización de los desechos sólidos deberá con urgencia ser una práctica social común.

El lugar donde nos encontramos nos afecta en todos los sentidos, para bien y para mal. El calor experimentado en estos últimos meses muestra como no ponemos más irritables, más intolerables. La sensación térmica del calor en muchos casos afecta nuestra conducta y nos hace tener reacciones agresivas. El asentir frío también nos hace tener respuestas, estás más serenas, nos hace apacibles. Somos privilegiados por el país que tenemos, pero también estamos perdiendo la oportunidad de mantener el equilibrio ecológico. Tenemos urgentemente tecnificar el uso del agua para riego, el 70% del agua potable se usa para la producción de alimentos en México con índices de desperdicio muy altos.

Comprender como escribió Ray Bradbury en Fahrenheit 451, que nuestra relaciones humanas y nuestra relación la naturaleza sería en punto de partida para crear entornos de vida con sentido de la trascendencia y crear lugares habitables, -ecológicos- en donde nos encontremos cara a cara con la consciencia de que formamos parte de un todo, sería lo deseable, ante el escenario del gran daño ambiental y ante la realidad de la injusticia, el dolor humano y de la muerte sin sentido que estamos observando en el mundo:

“Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio adónde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. No importa lo que hagas – decía – en tanto que cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ello tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí. El jardinero estará allí para siempre”.

 

 

 

 

Arturo Mora Alva
Arturo Mora Alva
Biólogo por la UNAM, Mtro. en Educación por la UIA León, Doctor en Estudios Científico Sociales por el ITESO con especialidad en Política. Profesor Universitario en todos los grados. Investigador Social, Consultor y Analista.

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