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sábado, julio 2, 2022

Nada para el olvido

“Muchas veces las gentes lloran porque encuentran las cosas demasiado bellas. Lo que les hace llorar, no es el deseo de poseerlas, sino esa profunda melancolía que sentimos por todo lo que no es, por todo lo que no alcanza su plenitud. Es la tristeza del arroyo seco, ese caminito que se retuerce sin agua…Del túnel en construcción y nunca terminado… Es la tristeza de todo lo que no está completo”.

    Elena Poniatowska

“Conservé intacto en la memoria el medio en que vivía. La atmósfera en que se desarrolló mi infancia, el aire, la luz, el color del cielo, el sabor de la tierra, eso yo mantuve. Lo que la memoria me devuelve son esas sensaciones”.

     Juan Rulfo

“Hemos de aceptar nuestra existencia tan ampliamente como nos sea posible. Todo, también lo inaudito, ha de ser posible en ella. Esta es, en el fondo, la única audacia que se nos pide: ser valientes ante lo más extraño, prodigioso e inexplicable que nos pueda suceder”

 

                                                Rainer Maria Rilke 

 

 

Somos polvo de estrellas. De alguna manera se trata de la finitud y de la posibilidad de la trascendencia. Lo inmanente de la existencia humana tiene en sus extremos la maravilla de la vida, entre nacer y morir, está el tiempo y el espacio que se condensan en la memoria, en donde los recuerdos son memoria caprichosa, que hace múltiples jugadas, como ajedrecista experto, que muestra y esconde mucho de su estrategia, y con ello de lo que se ha vivido, sabiendo e ignorando a la vez.

Los hechos, las emociones, los colores, los sabores, los aromas y las sensaciones van quedando bajo resguardo de un inconsciente que hará de las suyas, cuando le parezca. Convocar a la memoria como la necesidad humana que tenemos del “Otro”, se ser desde el “Otro” y por lo tanto ser con y para los demás, en el afán de encontrar en la memoria eso que se añora y eso que nunca se alcanza, que nos hace completos por lo que nos “falta” y que nos mueve y conmueve para vivir.

La muerte es certeza. Ahí radica la posibilidad de ser al tomar como podemos consciencia de ser uno, de pensarnos en la singularidad de la persona que estamos siendo. Eduardo Galeano escribió: “Qué faceta humana nos destruye? El conformismo, la aceptación de la realidad como destino y no como un desafío que nos invita al cambio, a resistir, a rebelarnos, a imaginar en lugar de vivir el futuro como como una penitencia inevitable”. 

Desde mi experiencia de vida hacen afirmar y sostener que la vida no esta hecha para el olvido, de ahí que “nada para el olvido”. Lo que he ido aprendiendo desde la filosofía y el psicoanálisis especialmente, es el desafió que implica el que poder hacernos cargo de toda nuestra historia, y darle sentido y significado, que tenemos el poder de contextualizar las circunstancias que nos han tocado vivir, para comprender, para entender y transformarnos, sobre todo al dar valor y apreciar a la presencia de amigos y amigas, de la familia con todo lo que conlleva, de los hijos e hijas, -de mi nieta Odette, y de Ivana,  mi otra nieta, que arribara en unas semanas más a este mundo-, y de personas en concreto, con rostro y nombre que nos han tocado el corazón desde la fraternidad, desde la solidaridad y desde el amor.

NADA PARA EL OLVIDO 

La vida nos pone retos

traza en la incertidumbre situaciones

inéditas, inesperadas,

nosotros las vamos llenando

con lo que somos, 

con nuestra historia

con nuestra realidad

con nuestras manos, 

con nuestras ideas, 

con emociones y sentimientos 

y uno que otro sueño.

 

La vida se abre paso en la vida misma

nos invita a ser parte activa en su entramado

nos pide que arriesguemos

nos llama a ser personas completas

sabiendo que nunca lo seremos,

nos dice que siempre se tiene que ir aprendiendo,

que un día abre la página para ser la siguiente

en la memoria 

saber que un hecho se junta con otros 

y nos puede dar la oportunidad de construir

utopías, sueños, e ilusiones, 

desde el deseo y el amor.

 

La vida nos quita velos y vendas

que nublan la vista o no nos dejan ver

la realidad en la que estamos.

En ciertos momentos nos permite admirar

lo esplendoroso de un amanecer, lo inmenso del mar

o la fragilidad de una mariposa

y nos permite con dolor ver la tristeza de la gente

la miseria de los pueblos, la crueldad y maldad

de los hombres sobre el hombre y sobre la mujer.

La vida nos da la balanza

para poder apreciar lo que tenemos

nos da la oportunidad para querernos

nos regala la posibilidad de amar y el don del amor.

 

La vida nos ofrece vida

los problemas son eso problemas y 

tienen solución, unas veces fácil y otras muchas no.

En todo está en el carácter, 

en el espíritu y en el corazón de cada uno y

está la posibilidad de juntar la fuerza

para saltar los obstáculos, 

para encontrar la salida. 

En el cariño y el amor esta parte de esa fuerza

que nos ánima, nutre y

que nos empuja 

nos libera

nos suelta a la libertad de vivir la vida

al menos en el intento de vivirla como 

queremos profundamente hacerlo.

 

Tú estás en mi vida y eso da fuerza para ser mejores

y hacer felices a las personas que queremos

sin dejar nada para el olvido contigo.

 

Pedro Salinas, poeta español escribió:

                                       

QUÉ ALEGRÍA VIVIR

Qué alegría vivir
sintiéndote vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad transmisible es que camino
sin mis pasos, con otros
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, estrellas.
Que hay otro ser, por el que miro el mundo,
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y sé que también me quiere con su voz.
La vida – ¡qué transporte ya! -, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era solo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser de la no muerte.

Vivamos sin tener “Nada para el olvido”, que la memoria es lo único que nos llevaremos.

Arturo Mora Alva
Arturo Mora Alva
Biólogo por la UNAM, Mtro. en Educación por la UIA León, Doctor en Estudios Científico Sociales por el ITESO con especialidad en Política. Profesor Universitario en todos los grados. Investigador Social, Consultor y Analista.


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