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lunes, enero 17, 2022

Otoño

                                            Para Marisol y Miguel

 

La fragilidad humana busca en la creación de límites, conceptos, definiciones, fronteras o categorías,  una mínima posibilidad de contener sus miedos a la ignorancia y al vacío, a la desoquedad, que es el miedo a los huecos, el temor que sentimos ante los espacios vacíos, a las paredes blancas, las cajitas en los cajones, a las cadenitas en el cuello, como explica Pablo Fernández Christlieb en un breve escrito por demás inquietante por profundo nos lleva a reconocer y sentir la oquedad en uno mismo, como ese miedo ante el vacío que se asemeja a la sensación de estar en la orilla de un precipicio y que la pandemia lo convocó sin miramientos que lo ha colocado en el centro, en el alma, de muchas personas. No es soledad, no es abandono, no es olvido, es vacío.

Zygmunt Bauman escribió: “Vivimos en un tiempo que se escurre por las manos, un tiempo líquido en que nada es para persistir. No hay nada tan intenso que consiga permanecer y convertirse verdaderamente necesario. Todo es transitorio”. El mercado nos sedujo con la idea de ser para tener, para acumular cosas, juntar objetos, hacernos coleccionistas de objetos y de experiencias, siempre y cuando las podamos pagar en abonos chiquitos, a meses sin intereses o de por vida. Estamos queriendo llenar, ahora más que nunca, ese vacío con lo que sea. El otoño nos recuerda parte de un ciclo de la vida que llena bosques y avenidas con hojas que se sueltan de los árboles, arbustos y plantas que las vieron crecer y que caprichosas como el viento mismo danzan el aire y van tapizando de colores ocre, amarillo y café el suelo y la tierra.

En la pandemia se puede retomar al mismo Bauman cuando escribe: “Tiempo en que las relaciones comienzan o terminan sin contacto alguno. Analizamos al otro por sus fotos y frases de efecto. No existe el intercambio vivido. Experimentamos al mismo tiempo un aislamiento protector vivenciando una absoluta exposición”. La virtualidad, la imagen en la pantalla hace que lo intangible se apodere de las necesidades y aún de los deseos de nosotros. Habitamos la red, vamos siendo cibernautas que se llenan de imágenes y de memes, fotos y frases que sustituyen los afectos, que distorsionan la emociones y se ancla la necesidad de ser visto, de acumular, likes o reacciones a lo que se publica. La pandemia nos hizo incorpóreos, y en las redes sociales se busca con bits reconstruirnos como imagen, el intercambio es una ilusión a la que le falta piel, aromas, voces reales y rostros que nos sirvan de espejos ante lo que sentimos al compartir la vida con los otros.

“Tiempos en que se vive en secreta angustia, el cuerpo se inquieta y el alma sofoca”, aforismo de Bauman que no recuerda que somos un manojo de emociones y sentimientos, de preguntas y de memoria, de extravíos y encuentros, de duelos y de deseos, de amores alcanzado y de amores perdidos. La pandemia ha vaciado a muchas personas, quebró los cantaros y las vasijas que nos contenían, muchos están recogiendo los pedazos, las tejas y guijarros que la muerte en especial se encargó de hacer. La tristeza ante la enfermedad, ante la muerte se ha vestido de vacío existencial, de ahí que la zozobra se apoderó de la vida y apenas estamos soltando ese dolor. El otoño nos recuerda que las hojas se tienen que soltar del tallo, de la rama, para que la vida se renueve, para que la vida se siga expresando en el verdor de los nuevos ápices y en las flores coloridas. 

La sociedad actual, la vida de consumo – como la caracterizó el mismo Bauman, es un lugar, en lo que lo desechable se ha apoderado de todo, bajo la lógica del mercado y de la ganancia. Lo perecedero invade todo, no solo son los alimentos que se echan a perder, son los productos que tienen una vida finita de anaquel, y en la cual todos los artículos que se venden: ropa, autos, celulares, medicinas, aparatos electrónicos y aún viajes -reservaciones- y ofertas tienen vencimiento, objetos de todo tipo que tienen obsolescencia programadas y fecha de caducidad. 

Las relaciones humanas van cayendo en esa dinámica de mercado, las situaciones de orden estructural se reproducen socialmente y fragmentan las interacciones humanas, la liquidez se trasmina a los sentimientos y aun la vida política, tiene sus fechas de termino y nos lleva como sentencia Zygmunt Bauman a comprender que “Hay vértigo impregnando las relaciones, todo es vacilante, todo puede ser deleteado -borrado-: el amor y los amigos” y de ahí, se instala la falta de compromiso en todo y sobre todo con las personas que vamos conociendo y amando. }

El otoño se mimetiza con los atardeceres naranja y con un viento frío que pinta el horizonte con nubes juguetonas y crea nuevos límites cada día, con una belleza tal, que por efímera se queda en la memoria y en el corazón, es una experiencia de vida que nos recuerda que el vacío se puede llenar soltando, vaya paradoja,  se trata de encontrar lo que nos falta, -saber que lo que nos falta nos hace completos-, sabiendo que siempre estaremos en falta, y que por eso, se trata de ser personas antes que consumidores, que para el capitalismo ser ciudadano o ciudadana se reduce a ser un buen consumidor y buen pagador de impuestos y de servicios, la vida no puede ser eso nada más. Si queremos podemos cambiar, el otoño nos lo recuerda.

Arturo Mora Alva
Biólogo por la UNAM, Mtro. en Educación por la UIA León, Doctor en Estudios Científico Sociales por el ITESO con especialidad en Política. Profesor Universitario en todos los grados. Investigador Social, Consultor y Analista.


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