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lunes, abril 19, 2021

Refugio

“No se trata de encontrar refugio en una tormenta. Se trata de aprender a bailar bajo la lluvia”.                                                                                           

Sherrilyn Kenyon

“En aquella época encontré un extraño refugio. Por casualidad, como suele decirse. Pero esas casualidades no existen. Cuando alguien necesita algo con mucha urgencia y lo encuentra, no es la casualidad la que se lo proporciona, sino él mismo. El propio deseo y la propia necesidad conducen a ello”. Demian

Hermann Hesse

 

Es posible que muchas personas estén buscando un “refugio” entre todo el caos y la incertidumbre que la pandemia del COVID-19 ha creado.  Un “refugio” es un lugar, un sitio y sin duda también lo son personas que ofrecen protección, apoyo, ayuda, consejo, escucha, que hace referencia un “refugio”, a lo que implica la salvaguarda de todo peligro. Es a su vez asilo, amparo y defensa ante la inclemencia o ante lo infortunado de la vida. Nada más protector que la sensación de saberte protegida como persona, de saberte a salvo, de encontrar un “refugio”.

Lo que ha venido pasando con la pandemia, entre la información, los rumores y la incredulidad, han provocado diversas reacciones, opiniones e imprudencias ante las estrategias de salud pública para contener el COVID-19 y han ido creado situaciones inesperadas, que han tomado por sorpresa la cotidianidad, rompiendo las rutinas y muchas de las certezas que se tenían, que teníamos.

Lo nuevo nos asusta, lo desconocido a veces nos paraliza, lo diferente nos confronta y entre todo lo diferente que se experimenta, se va dejando salir lo que realmente somos, con la crudeza propia de la condición humana y con ello afloran los miedos, los fantasmas y los demonios que llevamos como parte de uno mismo, en lo individual y en lo colectivo.

Pocas son las personas van tiendo las posibilidades de asumir lo que se siente, desde su historia y otras, pocas, van teniendo en las palabras los recursos para lidiar con el desconcierto, con lo imprevisto, con la nostalgia, con el dolor y aún con la euforia, la alegría y la felicidad. Sin embargo, ahí se expresa también la experiencia humana de sentir  ansiedad o depresión. La primera nos arroja de la cama y nos quiere sacar de la casa y la segunda nos atrapa en la cama o nos encierra. Ambas son “refugio” temporal de nuestras manías y de nuestras fobias, de nuestras inseguridades y de nuestros duelos.

Todas y todas buscamos un “refugio”. Deseamos sentirnos salvados, no queremos que el SARS-CoV-2 nos enferme. Pero también deseamos regresar a la confianza que daba la rutina y a los valores entendidos, a lo no dicho pero aceptado en la convivencia con la pareja, con la familia, con los hijos e hijas. Algunas parejas por ejemplo, se dieron cuenta que se llevaban bien porque no convivían más lo estrictamente necesario, en esa cotidianidad que se añora y que la convivencia forzada, saco a flote las diferencias y con ello los disgustos, los reclamos y las listas de detalles y de hechos guardados como rencores, resentimientos y reclamos.

Muchas personas se han dado cuenta de lo complejo que es el trabajar en casa, con los hijos ahí, abuelos y abuelas, con la familia y todos con sus demandas y con las exigencias del encierro, de la improvisación de las escuelas y de una educación forzada desde casa. Madres y padres, junto con otros adultos encargándose de las tareas del cuidado de las familias y que se han visto obligados a poner a prueba la paciencia y la buena voluntad de saber y poder estar juntos, en estas circunstancias que han tensado y modificado todo.

En otros casos, -muchísimo más que los que se quisieran-, la convivencia forzada, el hacinamiento, las tensiones económicas, el desempleo, la falta de espacio vital, las adicciones, las exigencias de las tareas del hogar y las carencias de las capacidades y los recursos para una comunicación adecuada, junto con una ausencia de una cultura para la expresión y el manejo adecuado de emociones y sentimientos han hecho crisis dentro de la cuarentena. A la vez, la ausencia de una mínima racionalidad –esa, la del sentido común-  han derivado en crisis y conflicto, -y con ello-, maltrato, violencia y aún tragedia. Muchas personas, especialmente mujeres, niñas y niñas no están a salvo, están en riesgo, están siendo víctimas de la cultura patriarcal y del machismo, así como de la inoperancia y la insensibilidad social del Estado en los tres niveles de gobierno y en las que instituciones oficiales no son buenos “refugios” ni para la dignidad, ni para los derechos, ni para la vida.

Es tiempo de encontrar “refugios” y no podrán ser en lo de “antes” de la pandemia. Muchos creen que todo regresará a lo ya conocido, a repetir las prácticas cotidianas como el regreso a la escuela, al trabajo, a las calles, a los espacios públicos y a las plazas comerciales. Se está idealizando el retorno a la normalidad, -con semáforos de alerta y sin ellos-, la gradualidad del retorno a la nueva normalidad es algo que se hace incomprensible y no aparece en el imaginario social como un cambio necesario. Es una especie de ilusión, de querer tener un “refugio” al querer regresar al pasado, a más de lo mismo. Lo cierto, aunque no lo deseamos, es que habrá más incertidumbre, más desasosiego y más desesperanza en los próximos días y meses, por lo que habrá mayor necesidad de contar pronto con un buenos y seguros “refugios”.

Ya nos pusimos a prueba. Cuando la vida se ha centrado en conservar la salud, las compras innecesarias se acabaron y nos dio una pauta para valorar todo lo esencial e importante. Ahora tendremos que trabajar para crear y sostener “refugios” para todos y todas, desde la construcción de una renovada solidaridad, fincada en la fraternidad y en la sororidad.

Necesitamos ser “refugio” para nuestras familias, para nuestros amigos y amigas, para las y los compañeros, de escuela, de trabajo, de deporte, para las niñas y los niños, para las mujeres, para las y los indígenas, para las y los migrantes, para los familiares de las y los desaparecidos. Es necesario ofrecer “refugio” para las víctimas de la violencia, para las y los deudos de los muertos por el COVID-19, para las y los empresarios que han cerrado fábricas y negocios, para las personas que han experimentado sufrimiento, pena, dolor, separación y abandono. Es necesario volver a lo básico, a lo más inmediato, a la escucha, a la comprensión, a la mano firme que ayuda, al abrazo sincero, al compromiso con el otro, con la otra, y la responsabilidad con uno mismo.

Necesitamos desde lo social y desde lo político demandar “refugio”, que no es otra cosa, sino exigir que las instituciones del Estado -y que las y los funcionarios públicos que las representan-, hagan su trabajo, que sean eficientes y eficaces siendo honestos. Para que un día, nada lejano, podamos sentirnos protegidos, seguros y defendidos por el Estado, como el garante de la dignidad ciudadana, a través de la vigencia y protección de los Derechos Humanos de todas y todos los mexicanos, como lo establece nuestra Constitución, ni más, ni menos.

 

 

 

Arturo Mora Alva
Arturo Mora Alva
Biólogo por la UNAM, Mtro. en Educación por la UIA León, Doctor en Estudios Científico Sociales por el ITESO con especialidad en Política. Profesor Universitario en todos los grados. Colaborador en Propuesta Cívica Guanajuato. Socio de Mirluzart Consultoria Psico-Socio-Educativa A.C. Correo electrónico: arturomoraalva@gmail.com Facebook: Arturo Mora // Twitter: @arturomoraalva

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