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viernes, julio 1, 2022

Las siete edades del hombre

Por: Aleqs Garrigóz

Este poema ha inspirado una serie de vidrieras del artista Sydney Arthur G. Benfield. Las vidrieras representan las Siete Edades del Hombre, tal como se describe en el soliloquio del personaje Jaques en la obra Como gustéis (1623). En esta comedia, Jaques es un señor melancólico que vive en el Bosque de Arden después de haber sido desterrado. Rara vez participa en la acción que lo rodea, prefiriendo observar en lugar de participar. En este discurso, Jaques primero compara las vidas de hombres y mujeres en el mundo con los actores que interpretan papeles en un escenario de teatro. Luego, el discurso examina los cambios que tienen lugar a lo largo de la vida de un hombre.

 

LAS SIETE EDADES DEL HOMBRE

Todo el mundo es un escenario,
y todos los hombres y mujeres meros actores:
tienen sus salidas y sus entradas;
y un hombre en su tiempo representa muchos papeles,
siendo sus actos siete edades. Primero el infante,
lloriqueando y vomitando en brazos de la nodriza.
Y luego el quejumbroso estudiante con su morral
y la cara de brillante mañana, arrastrándose como caracol
de mala gana a la escuela. Y luego el amante,
suspirando como horno una balada lamentable,
hecha para las cejas de su querida. Luego un soldado,
lleno de juramentos raros y barbado como león,
celoso del honor, repentino y rápido en la pelea,
buscando la pompa de la notoriedad
aun en la boca del cañón. Y luego el juez
de una hermosa barriga redonda y buen capón forrado,
con ojos severos y barbas de corte formal,
lleno de sabios refranes y ejemplos modernos;
y así él representa su parte. La sexta edad muda
hacia el pantalón ajustado con babuchas,
anteojos sobre la nariz y bolsa al costado,
las calcetas juveniles bien guardadas, como un mundo
demasiado ancho para una pierna encogida; y la gran voz
varonil volviéndose de nuevo aniñada estridencia,
con chillidos y susurros en su sonar. La última escena de todas,
esa que termina con una extraña y accidentada historia,
es una segunda infancia y mero olvido,
sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin todo.

 

THE SEVEN AGES OF MAN

All the world’s a stage,
And all the men and women merely players:
They have their exits and their entrances;
And one man in his time plays many parts,
His acts being seven ages. At first the infant,
Mewling and puking in the nurse’s arms.
And then the whining school-boy, with his satchel
And shining morning face, creeping like snail
Unwillingly to school. And then the lover,
Sighing like furnace, with a woeful ballad
Made to his mistress’ eyebrow. Then a soldier,
Full of strange oaths and bearded like the pard,
Jealous in honour, sudden and quick in quarrel,
Seeking the bubble reputation
Even in the cannon’s mouth. And then the justice,
In fair round belly with good capon lined,
With eyes severe and beard of formal cut,
Full of wise saws and modern instances;
And so he plays his part. The sixth age shifts
Into the lean and slipper’d pantaloon,
With spectacles on nose and pouch on side,
His youthful hose, well saved, a world too wide
For his shrunk shank; and his big manly voice,
Turning again toward childish treble, pipes
And whistles in his sound. Last scene of all,
That ends this strange eventful history,
Is second childishness and mere oblivion,
Sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything.



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