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viernes, abril 16, 2021

Romper el mito de la izquierda salvífica

Gerard Moreno Ferrer

 

Nací en una pequeña localidad de la costa catalana llamada Sant Feliu de Guíxols. Cuando era niño el pueblo se dividía, a grandes rasgos, en dos barrios o colonias: Sant Feliu propiamente dicho y Vilartagas. Éste último fue creado por las grandes olas migratorias que recibió el pueblo en los años 50 y 60. A pesar de ser una ciudad bastante pequeña (en esos tiempos no tenía más de 15,000 habitantes), era la localidad más grande de la zona. Y tal como las películas americanas se encargaban de recordarnos constantemente, toda ciudad principal que se precie, debe tener su barrio marginal. Pues bien, a mi colonia, Vilartagas, le tocó ser ese barrio. Así de pasada, podían justificar la exclusión de las familias migrantes. Ahora bien, actualmente, esa descripción mítica de mi colonia se usa a menudo entre sus propios habitantes para reivindicar con orgullo que uno “tiene barrio”, que sabe habérselas en situaciones tensas e incluso violentas. Sin embargo, la vida en la colonia es más bien tranquila, a pesar de los altercados puntuales que, a decir verdad, pueden darse por igual en cualquier otra zona del pueblo.

Tristemente, en nuestras sociedades es habitual encontrar este tipo de relatos falsos, distorsionados o exagerados efectuados con la voluntad de minusvalorar o excluir determinados colectivos. A pesar de su falsedad, a menudo, dichos colectivos acaban por convertir estas narraciones imaginadas en signo de su identidad. Incluso puede suceder que sus miembros compitan para ver quién se asemeja más a tales descripciones, las cuales los dibujaba como monstruos a ojos de quienes las inventaron. Con ello, el mito no sólo acaba siendo realidad, sino que deviene una forma de jerarquización y de reconocimiento entre aquellos que trataba de minusvalorar.

Así sucede, como les comentaba, en el barrio en donde nací. Pero hay otros ejemplos: en Elche (España) se explicaba que los gitanos guardaban las cabras en sus departamentos y desmontaban los circuitos eléctricos y tuberías de agua y gas de sus casas para vender el cobre. Se sabe que éste era un relato falso que buscaba justificar la exclusión social a la que era sometida esa cultura. Sin embargo, con el tiempo llegó a formar parte del sentido identitario de algunos de sus miembros: a menudo, lo evocaban melancólicamente como aquella época mítica en la que aún conservaban su autenticidad, y en ocasiones llegaban incluso a realizarlo.

Siento poner sólo ejemplos españoles. Lamentablemente son los únicos que conozco directamente, pues apenas hace 4 años que vivo en México. Pero no creo difícil imaginar situaciones similares entre las comunidades, los ranchos y los barrios mexicanos: ¿cuantas veces la narración que se hacía desde el exterior para denostar un grupo de población no ha terminado por normalizar una situación de violencia en el interior de la misma? ¿Cuantas otras esa situación de violencia no existía o no era ni mucho menos mayoritaria con anterioridad a ese relato?

Mientras escribía este texto una compañera de Cuba me comentó un caso similar sucedido durante su revolución de independencia: resulta que los colonos, a fin de desprestigiar las religiones de los esclavos afro-descendientes, las vinculaban con relatos míticos sobre el secuestro de bebés para efectuar prácticas rituales con ellos. El caso es que, segúnme explicaba esa amiga, durante la revolución estos casos llegaron a ser reales. Parece ser que, durante un breve período, pasaron a ser modos de reivindicar que uno estaba más arraigado a la tradición. Obviamente, estos actos nunca habían formado parte de su tradición y, muy rápidamente, dejaron de efectuarse. Sin embargo, por un breve momento, no sólo llegaron a ser creíbles, sino que fueron motivo de orgullo e identidad.

Algo extraño y remarcable sucede en estos casos: es como si el modo en que nos definen los demás no sólo determinara lo que somos, sino que modificara también el recuerdo de lo que fuimos antes de saber que tal opinión existía. Por otro lado, el hecho de que aquel mito quedara atrás y fuera incluso olvidado por los afro-descendientes, es un claro ejemplo de la posibilidad de escapar de esas identificación perversa con las que nos caracterizan.

Pero esta extraña dinámica puede ser llevada más allá de las descripciones de comunidades o colectivos marginales. Así, por ejemplo, a las políticas sociales se las ha venido caracterizando de impetuosas, revolucionarias o salvíficas. Partiendo de su supuesta apelación a la compasión por el desfavorecido y a la urgencia que acompaña siempre a la necesidad, se las ha estigmatizado con la impulsividad de las emociones y con los cambios repentinos e imprevisibles de los estados de ánimo. A raíz de ello habitualmente se las identifica, en el mejor de los casos, con cierta política de cariz más sentimental y populista. Y digo en el mejor de los casos, porque en el peor de ellos se la vincula con aquella ira e imposición autoritaria igualmente imprevisible.

Una política asentada sobre las bases de esta inestabilidad no es capaz de construir instituciones transparentes y duraderas. Tal como expone Hannah Arendt en Sobre la revolución, ésto la hace ineficaz en el momento de impartir justicia, pues no puede ofrecer la estabilidad que esta requiere. Sin embargo, su núcleo central es alcanzar la justicia social. Con ello se da una extraña paradoja: aquel movimiento que pretendía perseguir la justicia social es definido como incapaz de ello a causa su mismo objetivo. De este modo, es despreciada al considerar que se mueve por motivos que no son justificados racionalmente desde el punto de vista de la ordenación estatal. Según este mito, sus propuestas pueden ser muy bonitas y emotivas, pero no son adecuadas para gestionar un estado.

El relato de desautorización siempre debe derivar de un punto real. En los casos de las comunidades excluidas que he descrito, por ejemplo, se asientan sobre las obvias diferencias culturales que pueden permitir la separación de un colectivo del resto de habitantes de una ciudad o un estado. En el caso de las políticas sociales, se asienta en el hecho de que le es inherente a la izquierda la apelación a cierta justicia social que tenga en cuenta la urgencia de la necesidad.

Ahora bien, aceptado este punto, las consecuencias no son necesariamente aquellas que le imputan. Tener en cuenta las necesidades y las emociones para determinar una planificación política no implica que ésta deba hacerse desde ellas. Una vez detectadas, uno puede tomar distancia y, aplazando la urgencia, darse el tiempo necesario para valorar todos los factores implicados a fin de efectuar una institución perdurable y capaz de impartir justicia con garantías, limpias de ira o compasión. No hay caídas del caballo ni caminos a Damasco para la justicia social.

Por supuesto, aquellos que crearon el relato caricaturesco buscarán su cumplimiento. Están demasiado acostumbrados a que el excluido crea en el mito que lo excluye. Exigirán, entonces, que en menos de un año de gobierno se muestren los frutos de unas medidas que ellos fueron incapaces de implementar a lo largo de dos sexenios o más. Y, muy probablemente, gran parte de la población, movida por la urgencia real e innegable en la que habita, se sumará a estas exigencias: la necesidad apremia.

Queda en las manos de las iniciativas de la izquierda actual el dejarse determinar por estos relatos, ceder ante la presión de la urgencia y confirmar aquello que la desprestigia. Por otro lado, tiene la oportunidad de imitar a los afro-descendientes de Cuba y liberarse de esta narración que le han impuesto encarando la urgencia sin urgencia. Veremos, al final de estos gobiernos, si Podemos, allá en España, y Morena, acá en México, fueron capaces de enfrentar debidamente este reto. Por lo demás, el manejo de la crisis actual está siendo una prueba de fuego para ambos.

Sporadikus
Sporadikus
Esporádico designa algo ocasional sin enlaces ni antecedentes. Viene del latín sporadicos y éste del griego sporadikus que quiere decir disperso. Sporás también significa semilla en griego, pero en ciencia espora designa una célula sin forma ni estructura que no necesitan unirse a otro elemento para formar cigoto y puede separarse de la planta o dividirse reiteradamente hasta crear algo nuevo. Sporadikus está conformado por un grupo de estudiantes y profesores del departamento de filosofía de la UG que busca compartir una voz común alejada del aula y en contacto con aquello efervescente de la realidad íntima o común. Queremos conjuntar letras para formar una pequeña comunidad esporádica, dispersa en temas, enfoques o motivaciones pero que reacciona y resiste ante los hechos del mundo: en esta diversidad cada autor emerge por sí solo y es responsable de lo que aquí se expresa.

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