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sábado, abril 10, 2021

¡Scooby! (2020)

Para la cultura popular la figura del perro miedoso y sus entrometidos amigos que representan a Scooby-Doo tienen el mismo reconocimiento que la Coca-Cola o el inicio de Star Wars (George Lucas, 1977) por parte de John Williams, son elementos que incluso son recordados fuera de sus panoramas, asociaciones directas e iconográficas. Parte de su gran función y recepción en este tan cada vez más lejano 1969 era que la serie apuntaba al público infantil que estaba creciendo con la demanda de productos “monstruosos”, es decir: el recuerdo e impacto de los monstruos que formaron a Universal Studios y que para en ese punto conmemoraban el valor mágico norteamericano propuesto en sus valores de producción en relación como los “originales”, los que se atrevieron a implantar un género fílmico, los que terminaban evolucionando en hermanos más violentos y sensuales –y a color-  por parte de los ingleses de Hammer Films. Los niños leían sobre a los clásicos que antecedieron al filme, rememoraban a las leyendas del género –en un sesgo totalmente misógino –claro, resultado de la época, porque las figuras femeninas no tenían impacto más allá de la víctima del monstruo- y hasta pintaban dioramas que a la fecha siguen siendo envidia de personas que persisten este amor por el género… incluyéndome.

Eso hacía que Scooby-Doo funcionara: era una caricatura en un horario cómodo, no tenía miedo a generar atmósferas escalofriantes siempre estableciendo como amenazas humanas aquellas que trataban de mitificarse para ganar algo de provecho en microcomunidades (ciertamente un juego de la ruptura del mito folclórico en la América del siglo pasado), llevaba un truco narrativo fácil de entender sin necesidad de continuidad, y estaba conformado por un grupo de adolescentes fuera del factor patiño, estos no eran ayudantes de Batman, eran hippies dentro de los cuales la figura del cerebro del equipo yacía en una figura femenina que postulaba un plan ocasionalmente llevado con la gracia del slapstick respuesta del pavor de Shaggy y Scooby que siempre funcionaba. Scooby Doo nunca ha interrumpido programas a lo largo de estos 51 años con diferentes títulos pero manteniendo estos elementos, a veces yendo al terreno paranormal o con una historia magnánima que no pierde interés sobre sus personajes quienes han tenido su misma ropa de la juventud del verano del amor, pero con personalidades y relaciones estrechas entre cada uno de ellos.

Naturalmente, Scooby-Doo es un producto al cual Warner Bros ha intentado exprimir en la pantalla grande. Son dos los intentos formales que datan de la década pasada con la participación de James Gunn en un guiones que se perciben como una burla a los protos narrativos de la franquicia y que cuentan los rumores que apuntaban a un público adulto. La farsa propuesta por las películas live action fueron medianos éxitos de taquilla pero esto no ha demeritado al estudio, quienes ven como una mina de oro a Scooby-Doo que también han apuntado al mercado del videohome en películas que van desde las buenas Scooby-Doo en la isla de los zombies (Jim Stenstrum, 1999) a productos comerciales para ciertas figuras como KISS o la WWE en poco más de 34 películas.

El plan original de esta nueva década con un proyecto que pasó mucho tiempo en el development hell –es decir, una producción que languidece en el tiempo e ideas de los creativos que no están listos para el anuncio oficial de la producción, estancada en juntas y diseños conceptuales a la par de despidos- era hacer una precuela de Scooby-Doo que contara el cómo se llegó a reunir este grupo de muchachos con el perro parlanchín, lo cual no es una mala idea… pero estamos hablando de un proyecto inexistente, devorado por las ansias modernas de los estudios ensoñados en estos ya cansados universos compartidos.

¡Scooby! está escrita aunque usted no lo crea por 7 personas, 7 personas que aportan ideas genéricas sin contenido en un Frankenstein que nunca cuaja. El primer segmento que dio el paso preliminar al filme se presenta durante los primeros 15 minutos, una precuela que luego da paso a la destitución del equipo, no por problemas entre los involucrados o cansancio –algo que Gunn había planteado en la primera película actuada- sino por… sugerencia de Simon Cowell. Esto ya dice mucho del rumbo de la película.

A partir de ahí uno pensaría que la narrativa llevaría a los dos equipos de muchachos para que estos reconocieran sus necedidades como grupo frente a la afronta del individualismo y reconciliación como amigos, y va por ahí pero Scooby de pronto tiene un interés cancerígeno en mostrar el maravilloso mundo de personajes de Hanna Barbera que no son compatibles con el mundo del gran danés, sin embargo persisten como algo que no cuadra. Shaggy y Scooby terminan como los patiños del héroe de su infancia, un Halcón Azul que al lado de Dynomite tiene OTRA historia de superación al ser un nuevo héroe tras el retiro de su padre en la labor, y esta reconciliación es dejada de lado porque de pronto el perro y el hambriento forman parte de una conspiración que los acerca a otro personaje de la compañía, y otro, y otro… así hasta perder su hilo conductor que dentro del tercer acto intenta recuperar a través de Vilma, Daphne y Fred, los cuales reciben un tratamiento más obsceno y segundo problema de la película: no es graciosa.

Intenta inyectar comedia a través de referencias a la cultura moderna, haciendo que los personajes de Scooby-Doo quienes nunca han sido viejos –porque puedes prender la tele y verlos dentro de su contexto- se sientan como un anciano tratando de hablarles a un grupo de niños, ellos ven Netflix, ellos ven todo el día su celular, ellos van a ¿Centros comerciales? ¿Supongo?

¡Scooby! sin tapujo alguno, es la prostitución más grande al personaje y lo que lo hace sentir tan relevante en una película que en ningún nivel funciona, una oda a la mediocridad moderna que evoca bostezos y promesas de próximos proyectos que nadie pidió. Es muy triste ver el poco encanto presente que es culpa del estudio que no sabe qué hacer con sus propiedades intelectuales, y una forma terrible de rememorar 50 años de algo que merece un mejor producto que el de una película que pudre el cerebro de la juventud sin nada que aportar.

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