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miércoles, marzo 3, 2021

Carla; con todo derecho, optó por el feminismo

FRAGMENTO DE OTRO; DE OTRO FRAGMENTO.

Es que alguna vez, una tarde de un domingo cualquiera, sentado frente al televisor esperando ver otro inútil partido de futbol sólo para matar el tiempo, con el rabillo del ojo alcancé a darme cuenta de que no estaba sólo en la salita de la tele.
Debajo de un librero apenas visible desde mi cómoda posición, una enorme rata me sonreía. Paralizado y a punto del infarto, que ese domingo no había salido a trabajar al menos por la cuadra, con apenas un hilillo de voz entrecortado, alcancé a llamar a Carla pronunciando con dificultad su nombre.
_ “¿Ahora qué?”
Preguntó desde la puerta de la mínima salita de estar, a la que se había acercado sin que yo sintiera sus pasos, y mirándome con cierta impaciencia. Sólo pude con mi mirada desorbitada indicarle lo que me mantenía paralizado. La magnitud del monstruo que amenazaba mi existencia.
_ “No se te ocurra moverte.”
Dijo. Y se fue. Sentí un gran alivio. Todo, ahora, estaba en sus manos. Regresó casi de inmediato. Tampoco esta vez sentí sus pasos. En sus manos llevaba una escoba de esas de popotillo, un recogedor de aluminio pintado de verde y con mango de hule negro, un billete de doscientos pesos, una bolsa pequeña de plástico también de color negro vacía, y las llaves del carro.
Carla nunca daba dos vueltas fuera cualquiera la situación a resolver. Supe que había pensado en todo. Puso en mi regazo los doscientos pesos, la bolsa pequeña de plástico de color negro vacía y las llaves del carro. Y sin decir palabra, enfrentó al monstruo.
La lucha duró poco.
Pero expuso demasiado.
Estoy seguro de que el monstruo había adivinado a quién se enfrentaba, y se rindió antes de que la lucha siquiera iniciara.
Un estentóreo grito probablemente copia fiel de los antiguos samuráis japoneses, brotó como si de un trueno se tratara de los adorables y carnosos labios de Carla sobresaltando al monstruo y a mí mismo. Poniendo de manifiesto el fruto del profundo conocimiento de Carla en su inquebrantable amor por las artes marciales, llegadas del lejano y misterioso oriente.
El grito a mí me mantuvo en mi parálisis.
Al monstruo no, al monstruo lo sacó de la suya.
Para mi desgracia al monstruo; salir de su parálisis, y correr desbocado en mi dirección enredándose entre mis piernas, le llevó una infinitesimal fracción de segundo. Ahí, exactamente ahí, salí de mi inmovilidad y parálisis. De un salto me incorporé subiendo al sillón en el que había esperado por el inútil partido de futbol.
Si hasta ahí solamente hubiera quedado mi reacción de pánico provocada por el monstruo, habría podido ser considerada una reacción normal.
Pero fue lo que a continuación hice, lo que nunca me perdonaré, y ya no fue tan normal es lo que, desde lo más profundo de mis entrañas, brotó incontenible, autónomo, y soberano.
Otro grito.
Nada del otro mundo.
Si no lo hubiera acompañado la vena inocultable pero latente bajo la piel, de ese maricón que todos llevamos dentro.
De reojo, sorprendida, pero atenta a su objetivo principal, Carla me miró por un instante al mismo tiempo que asestaba un mortal escobazo al monstruo que estoy seguro se burlaba de mí antes de que Carla lo mandara a estrenar su propia inmortalidad.
Después, con la bolsita de plástico negra, ahora no vacía en mi mano, el billete de doscientos en la bolsa trasera de mis bermudas de color naranja fluorescente abrí con las llaves el carro, subí en él y resignado cumplí con el deseo de Carla de ir por una pizza vegetariana grande con las orillas rellenas de la mezcla de tres quesos.
Sorpresivamente el monstruo en la bolsita apenas pesaba algo. Tire la bolsita de plástico negra con el monstruo dentro, en un basurero de la esquina del parque.
_ “¿Y ese gritito tuyo tan extraño?
Pregunto Carla mientras comía distraída su cuarta rebanada de pizza, como si nada hubiera pasado.
_ “Carla, yo sólo trataba de ayudarte.”
Conteste cabizbajo.
_ “¿No vas a comer?”
Remachó ella.

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Edgar Salguero
PINTOR Y AHORA CUENTISTA, LLEGÓ DESDE COSTA RICA A GUANAJUATO HACE 45 AÑOS.

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