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lunes, marzo 8, 2021

Emilia

Desde los diez años, Emilia supo que sus amores verdaderos, serian al igual que ella misma, mujeres. Y que si no eran lesbianas mucho mejor.

__ “Y es que ustedes creen que las lesbianas nos buscamos entre nosotras. Y no puedo negar que algunas lo hacen. Yo no, a mí me gustan las mujeres casadas.”

A los quince años, Emilia estaba enamorada de su prima Luciana.

Luciana vivía en San Cristóbal de las Casas y por las vacaciones escolares largas, pasaba una o dos semanas en la enorme casa de adobes, madera y tejas centenarias quemadas por el sol, de la familia Cabral. Y si se daba el caso y era posible muy de vez en cuando era Emilia la que pasaba en San Cristóbal las fiestas religiosas, profanas o de las otras.

Luciana era cuatro años mayor que Emilia y no era lesbiana. No era lesbiana, pero en el campo del amor, tenía lo que para muchos hombres con toda seguridad y tanto prejuicio que el machismo en defensa propia ha creado, serian enormes inconvenientes. Luciana era hermafrodita, inteligente, dueña de una belleza inconmensurable e insaciable en las cosas del amor. Y amaba a su prima Emilia. Sólo a ella. Sólo a esa mujer.

Una noche en que Emilia y Luciana vivían intensamente su amor en la recamara, en que cada vez que Luciana visitaba a sus tíos, dormían juntas. Y que habiendo pertenecido esa recamara a la abuela materna de Emilia, al morir la abuela materna, pasó entonces a ser su propia recamara. La recamara contaba con una enorme cama matrimonial de oloroso cedro rojo. Y todos los muebles, el piso y las vigas del techo, eran finas caobas de casi quinientos años.

Esa noche Luciana cumplió los diecinueve noviembres.

Celebrando, tomaron sidra caliente. Y ninguna de las dos recordó poner el seguro de la puerta como lo hacían cada vez qué, cuando Luciana estaba de visita, y desesperadas porque el día no parecía tener fin y la noche parecía no querer llegar nunca, nada más cerrar la puerta a sus espaldas, y de manera casi automática, la aseguraban . Esa noche no. En el delirio de la interminable espera, se abrazaron en un beso del que no querían salir nunca, y se olvidaron de todo.

Hasta de sí mismas.

El padre de Emilia, por costumbre heredada, antes de acostarse, recorría el caserón comprobando que todo estuviera, por decirlo de algún modo, en su lugar.

Esa noche al llegar cerca de la recamara de Emilia, a punto de pasar de largo, algo lo detuvo. Sin saber bien a bien qué. Sonidos que no pudo reconocer parecía venir desde la recamara que durante muchos años había sido de su adorada madre viuda.

Estuvo de pie unos segundos, atento. Nada. Ningún sonido. A punto de seguir con su recorrido habitual, despegó del piso de caoba de quinientos años la suela de uno de sus zapatos para alejarse. Ahora sí, sin duda alguna escuchó y supo.

Era el jadeo de una mujer en éxtasis.

Abrió lentamente la puerta, y a pesar de las sombras que luchaban contra la débil luz de una pequeña vela y de la chimenea casi apagada, que dejaban poco que ver, lo poco que dejaban ver, le alcanzó a Juvenal Cabral, el padre de Emilia, para que lo visto, no le dejara ni la menor duda.

Emilia, de rodillas ante Luciana, su prima, su amante, su mujer, la hacía feliz, muy feliz. ¡Pero que muy feliz! Vivían las dos el abandono total de la realidad y el pensamiento. Pero, en el pensamiento del padre de Emilia algo así, ¡algo así!, ni siquiera alguna vez había pasado por su mente que pudiera darse.

Aún y cuando, una noche, en su acostumbrado dominó de los jueves, alguien hizo un comentario sobre el tema. Pero todos, machos probados todos ellos, y como si de uno sólo se tratara, lo negaron, lo repudiaron. Y, al del comentario innecesario, nunca se le volvió a ver por la cantina, algún otro jueves.

¿Algo entre mujeres? ¡San Caralampio Bendito! ¡No! ¡De ninguna manera!

Iba contra dios, su esposa virgen, y su hijo. El hijo de la esposa virgen.

¿¡Y, además, en la celestial cama de su santa madre viuda, en la que, sin duda alguna, él mismo, Juvenal Cabral, había sido concebido!?

Es muy difícil imaginar siquiera, lo que en esa noche de felicidad para las amantes sucedió en la recamara que alguna vez fue de la abuela paterna de Emilia Cabral.

Todo el asunto quedó envuelto en medio de una espesa bruma gris de complicidades, negación extrema de la realidad, y la repartición de las cantidades necesarias de dinero según el sapo del que se tratara.

El caso es que dos días después, los padres de Luciana llegaron desde San Cristóbal, hasta la casa de Emilia, y casi sin decir nada recogieron el cuerpo muerto de su amada hija Luciana.

“Que sí.” “Que de vez en cuando Luciana sufría lapsos de sonambulismo errático y peligroso.”

“Que sí.” “Que semejante situación era totalmente imprevisible por nadie.”

“Que Sí.”

“Que sí.”

Pero que ellos habían pensado que tales episodios de sonambulismo errático y peligroso habrían desaparecido al menos dos o tres años atrás.

Y ante la contundente, única y definitiva declaración del médico que atendió a Luciana después de la aparatosa caída, así la llamó, aparatosa caída sufrida por Luciana desde el segundo piso de la casona no había tenido la pobre niña posibilidad alguna de sobrevivir.

Emilia nunca pudo recordar. Alcanzaba a saber de su dedicada atención que por amor y con el innecesario pretexto de su cumpleaños, prestaba a su adorada prima, amante y mujer. A Luciana.

Y de la que la sacó la sensación de un fuerte golpe en la cabeza que la dejó inconsciente por el resto de la noche y hasta dos días después.

Los padres de Luciana pasaron las dos noches de su estadía en Comitán, en la recámara de la gran cama matrimonial de oloroso cedro rojo, sin sospechar que, en esa preciosa cama, Luciana su hija había muerto a manos de su tío Juvenal.

A Emilia, su padre nunca le permitió regresar a su recamara. Nunca más.

No hubo averiguación verdadera alguna cuando ocurrió lo que se llegó a conocer en Comitán como:

“La desgraciada muerte de la sobrina sonámbula de la familia Cabral.”

Emilia tenía casi dieciséis años.

Luciana nunca cumplió los veinte.

 

edgarsalguero@hotmail.com

 

 

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Edgar Salguero
PINTOR Y AHORA CUENTISTA, LLEGÓ DESDE COSTA RICA A GUANAJUATO HACE 45 AÑOS.

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