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lunes, abril 19, 2021

LA MODISTA

Con su apenas, uno cincuenta y nueve de estatura, Felipa Medaglia, no pensaría uno que fuera una persona que, por sí misma, se pudiera erigir en una especie de dictadora de la moda, así por así. Pero lo es.

Una avasalladora personalidad sustituye lo que podría faltarle a la hora de convencer a cualquiera, sobre elegir estas telas por sobre aquellas, estos colores por otros, los botones que ella ya ha decido utilizar, en lugar de los que tal vez tú, habías soñado lucir desde niña.

Con esa mirada que parece llena de soñadora atención, va detectando mientras aparenta escucharte, los recovecos de tu alma, que tú misma, no sabías que tenías.

También tus miedos, deslices, apatías, sueños, fragilidades, desfallecimientos, desmayos, tentaciones, languideces, debilidades.

Y, además, tus condescendencias.

Para cuando tu necesidad de callar cuanto antes te envuelve, a sabiendas de, aunque no de manera muy clara, intuir más bien, que has desnudado tu alma; Felipa Medaglia con esa exquisita sonrisa que se insinúa apenas como una tenue sombra natural, poniéndose de pie, sentencia en voz tan baja y dulce que muchas veces es casi imperceptible, su opinión siempre certera sobre lo que tendrías que llevar en esa fecha tan especial en tu vida.

Claro está sí; a ciegas, aceptas ponerte en sus manos prodigiosas.

Maravillosas.

Sobrenaturales casi.

Rara vez, muy rara vez, alguna se ha atrevido a declinar.

Desde la única ventana de su taller que da al exterior, Felipa Medaglia tiene una estupenda vista a nivel de calle, de las que no abundan en esta ciudad, a la que le es más favorable ser vista desde las partes altas de los cerros que la rodean, y esconder, en la confusión de los sentidos que la revoltura de colores provoca, su decadencia.

En cambio, si das la espalda a la ventana, su taller es una delicada muestra de lo que, cualquiera advierte de inmediato, es en ella, en Felipa Medaglia, un desarrollado instinto natural por el buen gusto.

Lo primero que adviertes, si entras, y no te fijas en lo de la ventana, es que, en la pared del fondo, cuelga un cuadro pintado al óleo por un pintor canadiense que ha pintado retratos de muchos otros habitantes de esta ciudad.

Ciudad que, hace lo que puede sin lograrlo, por ocultar su decadencia como ya dije antes.

Al igual que algunas de esas mujeres hermosas siempre, pero que ahora prefieren ser admiradas un poquito desde lejos. Porque de que su maquillaje sigue todavía ayudando, sigue. Siempre y cuando, no te acerques demasiado.

De ninguna manera, este es el caso de Felipa.

Y nadie pondría en duda las cualidades artísticas del pintor canadiense.

¡Pero este retrato…!

Es distinto.

Es mejor.

Es inigualable.

Se muestra en él, a una Felipa Medaglia serena y tranquila.

Con un ligero e imperceptible toque de desdén en su sonrisa de Gioconda.

Pero sobre todo en su mirada, hacia los que, con envidia solapada, admirarán su retrato, cuando esté terminado.

Y que mucho antes de que eso ocurriera, ella ya sabía cómo se vería al final.

Sin asomo de duda alguna.

Como si ella hubiera dirigido con sus propias manos prodigiosas, tomando el lugar de algún tímido y discreto ángel de la guarda; las manos, los dedos, los pinceles… y la inspiración del pintor.
(FRAGMENTO)

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Edgar Salguero
PINTOR Y AHORA CUENTISTA, LLEGÓ DESDE COSTA RICA A GUANAJUATO HACE 45 AÑOS.

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