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domingo, marzo 7, 2021

Leonardo. Minúscula biografía no autorizada

Nada de raro tiene, o tendría, el que tengas la dudosa fortuna de encontrarte con Leonardo cualquiera de estos días por las mañanas o por las tardes, tomando un café en el único Starbucks con el que el pueblo cuenta, buscando aprovechar alguna de las mentirosas ofertas del día.

Y es que Leonardo, apenas cuenta con un presupuesto raquítico para irla pasando. Y la pasa. Tiene la esperanza de que pronto el lugar cambie su horario, y esté abierto veinticuatro horas al día, por los siete días de la semana. Se conforma con eso. No le gusta pensar que vive al día. Pero tampoco hace planes para mucho más allá. Su optimismo no llega tan lejos.

Lleva siempre con él, una bolsa impermeable en la que guarda lo que considera de gran importancia en su vida. En realidad, muy poco. Y lo sabe, lo entiende, y no se hace la vida de cuadritos justificándose. ¿Hubo tiempos mejores? Si. Mucho mejores. Pero como con las cosas que por servir se acaban, y acaban por no servir, para él, para Leonardo, las temporadas de las vacas gordas son solamente algo que ya no están.

Tampoco es para tirarse a la calle.

En la bolsa impermeable, y hablando de cuadritos, lleva uno.

Si el horario del lugar llegara a cambiar, Leonardo viviría con una preocupación menos.

Seguir de arrimado en casa de su madre soltera, cada vez es más complicado. Para su madre. Para él no tanto. Pero podría pasar las noches, no todas, tomando café mientras mira el ir y venir de la poca gente que en este pueblo se desvela de verdad. Porque esto de desvelarse no consiste únicamente en no poder dormir. En no poder pegar el ojo.

¡A quien se le ocurre!

Andar de desvelado va mucho más allá. Es algo muy importante, crucial podría decirse sin exagerar nada, para el que realmente lo vive. Y no es algo de lo que a un desvelado autentico le guste andar hablando por ahí con otros.  Y menos con otro desvelado autentico, legítimo, que vive lo mismo sin buscar ayuda alguna, y menos aún, una explicación o justificación de nadie.

Hablando del cuadro que Leonardo lleva en la bolsa impermeable, cuidadosamente protegido dentro de otra bolsa impermeable, está sin terminar. No pasa de ser un boceto sin esperanza de llegar muy lejos. Pero andando en lo que Leonardo anda, nunca se sabe.

La gente de repente elige lo que para, en lo que anda Leonardo, y para Leonardo mismo, nunca tendrá una explicación lógica. Para no ir muy lejos; Leonardo dejó guardado en algún lugar uno terminado. Otro cuadro terminado.

En la tabla terminada, se puede ver el retrato de una joven mujer de belleza celestial, que sonriente y confiada, mira a la cámara mientras entre sus brazos acaricia una ardilla nada confiable.

De todos modos y por lo menos desde el optimismo desbordado de la joven de belleza celestial, el retrato transpira amor, elegancia, luminosidad, tranquilidad, sosiego y confianza.

Aunque la mirada de la ardilla diga lo contrario.

Pero ese es un detalle poco digno de tomarse muy en cuenta.

Pensando que, a estas alturas del partido, la ardilla ya no representa un peligro ni para el mismo Leonardo, ni para la joven mujer de belleza celestial e incomparable.

Que sí, que puso en riesgo su belleza incomparable durante el periplo de la realización del retrato. Además, de por la incomprensible desconfianza de la ardilla, por momentos; difícil de controlar.

Siempre es de esperar, cuando alguien hace algo, que algún grupo de opinadores se aparezca como al descuido por ahí, asegurando que sólo iban de paso. Y opinen por supuesto. Sino su existencia quedaría en entredicho. Ellos dijeron en su momento que era una verdadera vergüenza que Leonardo pusiera en tal peligro a la hermosa muchacha de belleza celestial, obligándola a posar sosteniendo entre sus delicados brazos a semejante bicho cuando lo que habría sido de esperar, era que Leonardo, dejando de lado su reconocida mezquindad, buscara un armiño. Aunque gastara un poco más.

Leonardo no contestó ni media palabra. Pero ahora la ardilla misma, es otra de las cosas que Leonardo guarda celosamente en su bolsa impermeable, convenientemente disecada.

La ardilla.

En cambio, Leonardo sabe que la tabla sin acabar va por el camino equivocado.

Y podría terminar siendo, el retrato fallido y mal hecho de una mujer embarazada que sonríe tratando de esconder tras esa sonrisa insulsa, superficial e insípida, su pecado. Como si de una travesura inocente y pueril se tratara.

De la puerilidad, al menos por ahora, Leonardo no quiere saber nada.

Bastante tuvo ya, de un asuntillo nunca aclarado en el que se vio envuelto, saliendo raspado y mintiendo como un desesperado para salir indemne. Algo que sucedió durante su etapa de pintor de querubines, y el extravío de uno o dos de los modelos utilizados por Leonardo, y después, nunca más localizados.

Pero si dejamos de lado tal asunto, el del embarazo; de lo que la mujer en cuestión no deja duda alguna, es de su indiscutible mal gusto.

Vestirse de color café.

Que en sí mismo, no debe ser considerado un color. Si no más bien un desafortunado intento llevado a cabo por un ciego estrábico y daltónico, por lograr algo novedoso, revolviendo a lo loco los colores que confunde, sin ton ni son.

Algo parecido a lo que hicieron las monjitas desatadas de Puebla. Pero ellas al menos lograron, sabores incomparables, paradisíacos, divinos.

Pero a la mujer le ha gustado siempre el color café.

Y, contra eso, a Leonardo no le quedó más remedio que pintarla así. A veces piensa que esa es la razón por la que en más de catorce años no ha podido acabar con el encargo.

Aunque calcula que el encargo de la mujer del mal gusto por los colores ya va a la escuela. Si es que asume que todo salió bien. Cosa que pone en duda.

Leonardo recuerda que, de niño, cuando su mamá soltera le compraba para mantenerlo entretenido una cajilla de lápices de colores, él, Leonardo, tiraba por la ventana el lapicillo del aborrecido color, con todo y la maderita que lo envuelve.

Trató de convencerla.

A la señora del mal gusto por los colores.

__ “Mire señora que se va a ver usted muy mal, piénselo, porque una vez pintada, yo ya no la despinto. Y después, el plomo de su marido no me va a querer pagar. Ya ve cómo se pone su marido cuando algo no le gusta. Y al final de cuentas, su niño nace, ustedes dos felices y contentos, y yo, pues literalmente, tirando tablas.”

Pero la loca ni caso le hizo.

Y Leonardo pues también enojado decidió agarrar para otros lados. Y con él se llevó la tabla sin acabar. Y su miserable presupuesto que apenas le alcanza para ir pasándola. Y Leonardo apenas la pasa.

Vistas las cosas del modo que Leonardo las mira, desesperado, trató por todos los medios de encontrar una salida decorosa a sus problemas. Pero al final no le quedó más remedio, que regresar a la casa de su madre soltera. Ahora su madre soltera tiene marido. O, algo parecido.

Y dos hijos.

Dos hijos feos.

Comprensible si se mira al padre del que vienen. Leonardo no los soporta ver ni en pintura. Por lo que esperar de Leonardo, alguna vez los considere como modelos para algún proyecto queda descartado. Ni podría jamás, considerarlos familia. No le servirían ni para modelos de querubines si fuera que alguna vez reconsiderara la remota posibilidad de regresar y volver a ser considerado como un decadente pintor de querubines.

No gracias. De nada.

El pueblo ha cambiado.

Eso de tener al menos un Starbucks lo dice todo. Pero eso sólo por encimita. Lo podrías considerar más, como un recurso turístico para la gente que de vez en vez se deja caer por el pueblo sin nada que hacer, pero al que la mayoría de la gente del pueblo no tiene acceso, escandalizada por los ridículos precios que estos degenerados se atreven a cobrar por un café.

Porque; aunque se hayan inventado esa retahíla de estrafalarios nombres con los que tratan de confundir a los que, sumisos pretenden entender de qué se trata el juego, no es fácil.

Inevitablemente no es sino hasta que, en la ignorancia total preguntan al que los atiende, mientras miran desconcertados el tablero indescifrable, de donde las sencillas palabras como, pequeño, mediano y grande, han desaparecido para siempre. Y como los nuevos, porque al final, la mayoría con dedos trémulos terminan indicado de entre tres, el tamaño elegido.

Con lo único que la confusión desaparece, es con los precios. Esos si crueles y claramente sentenciados con los habituales números arábigos.

¿O son romanos?

Pero volvamos:

__ “Y, me puede iluminar por favor, el macchiato ese; ¿que lleva?”

Escuchan atentamente la explicación que suena a grabación repetida.

Que no les dice mucho, que no les aclara nada.

Pero aún sin entender, optan por elegir y seguir pidiendo el mismo, cada vez, con tal de no pasar de nuevo por el papelón, de mostrar su ignorancia.

La única ventaja que Leonardo reconoce es que una vez dentro, nadie se mete contigo. Se sienta en cualquier mesa en la que alguien dejo su vaso vacío, y finge.

Leonardo está muy preocupado. El poco avance que durante catorce años ha podido lograr en el cuadro en el que predominan los tonos café, no es habitual en él. La noche anterior ha sacado la tabla inacabada de su bolsa y ha pasado gran parte de la madrugada observándola con toda atención sin lograr ningún progreso. Leonardo es distraído. Es un genio.

No es sino con el amanecer cuando la luz del sol se cuela por la ventana, que puede ver claro. Lo único que puede decirse que lleva cierto adelanto es la bobalicona sonrisa de la irresponsable que lleva en su vientre, el fruto de lo que ella misma llamaba:

__ “Mi travesura inocente y pueril.”

Que seguramente para ahora, va a la escuela. El fruto va a la escuela. Y no le gusta. No le gusta a Leonardo la sonrisa. De si al fruto aquél le gusta o no la escuela, no viene al caso en ese momento. Decide dejar la sonrisa tal cual.  Continuar la tabla hasta terminarla y pasar a otra cosa.

Se aplica y le lleva dos o tres horas acabarla, finalmente, después de catorce infinitos años.

La evalúa con mirada crítica, y da su visto bueno meramente circunstancial.

__ “Se vería mucho mejor sin esa estúpida sonrisa.”

Se dice a sí mismo mientras camina con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, llegando hasta el café bajo la lluvia fría que cala hasta los huesos.

__ “Dame la mitad exacta de un macchiato.”

Ordena con voz tronante e imposible de ignorar.

__ “¡Que no me alcanza para más!”

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Edgar Salguero
PINTOR Y AHORA CUENTISTA, LLEGÓ DESDE COSTA RICA A GUANAJUATO HACE 45 AÑOS.

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