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domingo, febrero 28, 2021

¡No encuentro las palabras!

_ A mi mujer se le ha metido entre ceja y ceja que lo mejor que podemos hacer, en lo que dura este encierro, es que pernoctemos en camas separadas. Ante mi veloz argumentación de que tan sólo contamos con una, implacable y segura de sí misma, reviró con que entonces, yo debería dormir en el sofá de un hermoso color verde pistache entreverado de finos hilos dorados.

_ “Al cabo que esto no dura dos semanas.” Sentenció.

_ “¿Estás segura?” dije yo.

_ “¿De qué?” Contestó imperturbable, estoica e indomable.

_ “De lo de nada más dos semanas.” Contesté buscando ganar tiempo.

_ “Aunque por consideración al lamentable estado en que se encuentra mi nervio ciático, ¿no podrías dormir tú en el sillón verde que tanto te gusta, habiendo elegido tú misma la consistencia, textura y colorido de la exageradamente costosa tela?”

Impávida, no aflojó ni un dieciséis.

Serena, me miró de arriba abajo, con las cejas destempladas, ariscas, hurañas.

Imperturbable, sonrió para sus adentros.

Glacialmente inalterable, guardó un inquebrantable silencio a la espera de mi siguiente movimiento.

_ “Percibo en ésta, tu nueva postura acerca de lo que vislumbro, como una definitiva separación -in situ- resabios amargos, de alguna de esas teorías trasnochadas del feminismo recalcitrante.”

¡Nunca debí decir semejante cosa!

Aún y cuando puedo asegurar que mis palabras llevaban en sí mismas, un mensaje de paz y reconciliación obvio y evidente, lograron todo lo contrario.

Desataron el pandemónium.

El vilipendio, la injuria y el insulto gratuito.

¡La masacre del raciocinio y la cordura!

_ “Con el feminismo irrenunciable no te atrevas.” “¡Mequetrefe insignificante!” “Abominación.” “Ignorante repulsivo.” Y porque no podía faltar: “¡Macho!”  “¡Macho barato!”

La comparación pecuniaria, totalmente innecesaria e inadecuada a todas vistas, en esta conversación me molestó en alto grado.

“¿Existen los machos valiosos, -o en su defecto- sobrevalorados?”

Y no paró ahí.

No…paró…ahí.

De-ninguna-manera.

¿Cómo podría?

_ Hice todo lo posible por bajar el tono de la discusión. Que de discusión tenía poco. Mis hechos y palabras conciliadoras, muy al contrario de conseguir lo que buscaban -a saber- esperanza y reconciliación, se extinguieron en el fracaso.

Un último desesperado intento por calmar la injuria, el insulto gratuito y el vituperio desatado, me llevó a insinuar, sólo insinuar -nunca afirmar o asegurar- el hecho contundente de que, hasta ahora, y durante décadas de convivencia ininterrumpida, jamás hasta ahora, ¡hasta ahora!, de sus labios, habían partido decididas, palabras y acciones en apoyo y defensa a ultranza…del feminismo.

¡Esto tampoco debí haberlo dicho nunca!

Se volcó entonces en una serie interminable de desatinos, que trataban de describir una militancia feminista, a la que, mi machismo nazi, -así lo describió- “Machismo Nazi,” había obligado a permanecer en la clandestinidad solapada.

De nada sirvió un detallado recuento de mis innumerables y consistentes actitudes y acciones que desvirtuaban por completo sus vacuos alegatos.

No entraré a detallar esas innumerables y consistentes actitudes y acciones, por falta de espacio en este relato. Pero por si acaso, instauro mi sagrado derecho a hacerlo más adelante, de ser necesario. ¡Sólo-de-ser-necesario!

Las cosas fueron siendo cada vez más, y más extrañas.

_ “¿Un tutorial?”

_ “Tus convicciones y proclamas feministas llegaron a ti, ¡¿A través de un tutorial?!”

Pregunté azorado, ofuscado, confundido.

Que no era exactamente un tutorial.  Dijo.

Sino más bien una conferencia magistral sobre el tema, impartida en un zoom extraordinariamente concurrido, y, a nivel mundial; por un ché.

No pude evitar el aprovechar tal desatino.

Dejando en total libertad que mi vena sarcástica, aflorara decidida cuando dije que entonces Sabina; ¡tenía razón!

_ “No sé, a qué, te refieres.” Contestó lívida, triturando cada palabra.

_ Lo digo por aquello de:

_ “Un sicólogo argentino mostrándote el camino.”

Señalé.

Nunca debí señalar tal desacato, con mi natural encanto y desenvoltura.

¡N-u-n-c-a!

 

edgarsalguero@hotmail.com

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Edgar Salguero
PINTOR Y AHORA CUENTISTA, LLEGÓ DESDE COSTA RICA A GUANAJUATO HACE 45 AÑOS.

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