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domingo, abril 18, 2021

Sicoanálisis improvisado

DESDE LA LOCURA DEL INSOMNIO.

Como bien sabes, soy contador público.

Sé que muchos, de nuestra profesión, consideran que la única razón de ser estriba en encontrar ese último e inescrutable centavo que, hasta un segundo antes de encontrarlo, es el fin único de nuestra vida.

Que puede ser que, en el momento de recostarnos satisfechos en el sillón con rueditas de sonidos escandalosos, y ver finalmente en el papel o la pantalla, casi siempre en soledad y por las madrugadas, esa línea de ceros que explica y justifica todos nuestros anhelos y voluntades, lleguemos al orgasmo.

Pero en este recuento de fracasos disfrazados, era de otras cosas de las que quería hablarte.

Mis cuatro fallidos intentos de suicidio.

Cuatro intentos.

_ “¿Cuatro intentos de suicidio dices?”

Así como lo oyes. Se que suena a locura. Porque según Freud, los suicidas que fracasan la primera vez, con ese primer fracaso se conforman y desisten hasta la siguiente reencarnación y volverlo a intentar, aprovechando los remanentes que en sus recuerdos de vidas pasadas queden, para esa vez, y sin pretexto alguno, ser exitoso.

Exitoso visto con las reservas del caso, aclaro.

_ “¿Estás seguro de que Freud dijo lo que dices que dijo? Porque de que se soltaba a decir lo que se le ocurriera con tal de que en el café sus oyentes pagaran la cuenta, lo hacía. Eso está más que demostrado. Pero de suicidas fracasados, tengo mis dudas. Tengo mis dudas de que siquiera tocara el tema.”

Y tú,  ¿cómo sabes lo que dices que sabes del tal Freud?

_ “Porque por aquél tiempo yo ya andaba por mi tercera reencarnación y asistía frecuentemente a escuchar al maestro Freud, cada vez que tenía para mis cafés. Cosa que al igual que ahora no pasaba todos los días. Lo de tener para el café. En una de esas si habló del asunto, me lo pude haber perdido.”

¡¿Pasaste tu tercera reencarnación en la soleada Alemania de Freud?!

_ “No. Por supuesto que no. Todas mis reencarnaciones las he pasado aquí en Tepetapa. Aunque déjame decirte que, en esa tercera reencarnación, todavía no se construía el puente que nos situó definitivamente en el mapa universal. Antes solo éramos reconocidos por nuestros gloriosos -Jardines Colgantes de Tepetapa-. Lo de ir a la soleada Alemania, nunca pasó de ser un sueño irrealizable. Que no hacía falta perseguir, dado que el maestro Freud, irremediablemente enamorado de nuestros jardines, prefería nuestras intermitentes tormentas y frentes fríos, que decía él, en su perfecto español -puesto a prueba un día sí y el otro también- al soporífico aburrimiento de la soleada Alemania.  Pero, pensé que hablaríamos de orgasmos y no de reencarnaciones.”

No ando por estos tiempos muy interesado en eso de los orgasmos.

Si los mencioné fue de pasada únicamente, para dimensionar en sus verdaderos alcances lo que para nosotros los contadores, conlleva el cierre perfecto de un procedimiento contable de cualquier índole. Y que, sólo por mera coincidencia, es el esperado final de algo.

Pero cómo ya dije antes, de lo que me interesa y preocupa hablar contigo, es sobre mis cuatro fallidos intentos de suicidio. Acerca de los cuales seguramente tu primera reacción es poner en duda la seriedad y compromiso de tales intentos.

_ “No que ponga en duda tu seriedad y compromiso. Pero ¡¿cuatro intentos?! No puedes negar que muchas veces y para muchos, uno basta. Ahora qué, estudios serios -que digo serios- seriecísimos del maestro Freud, indican que, en ese asunto de los suicidios, la motivación es primordial. La motivación cuenta, y cuenta mucho. Inclusive puedo decirte que, en su decisivo y clarificador ensayo sobre el tema: -El Suicida Desmotivado- deja en claro lo frívolo de cualquier intento de discusiones bizantinas perjudiciales e innecesarias sobre dicho tema. Es más, aquí mismo traigo mi traducción libre, del sustancial ensayo por si lo quieres o necesitas leer.”

Paso.

_ “¡Cómo que pasas?!”

Sí. Paso.

No necesito mayores confusiones ni dislates en mí ya de por sí, confuso destino. Ciertamente en los tres primeros intentos puede que no haya puesto todo el empeño necesario. La primera vez, de madrugada a la luz de una luna llena tardía, salí a caminar sin rumbo al principio, pero, agobiado, vacío, sin ilusiones. Un desastre mi vida por ese entonces. Tomé entonces la decisión de dirigirme presuroso hasta la vías del tren y calmadamente, sin prisas, recostarme en ellas y esperar.

_ “¿Esperar qué”?

Esperar a que el monstruo de acero se encargara de sacarme de mi miseria.

_ “En primera, debo decirte que el tren del que hablas no era de acero. Si no, de madera que, de carcomida por la polilla inmisericorde, ya no daba para más. Por lo que el servicio tuvo que ser suspendido hará unos veinte años o más. Por el tiempo en que la reina de Inglaterra se dignó visitarnos. Y que se marchó, indignada. Cuando descubrió que nuestros Jardines Colgantes de Tepetapa ya no existían y ella a lo que había venido era a conocerlos en vivo, y recorrerlos a solas, y de la mano, con su consorte Felipe. Figura masculina en que años después, Quino se inspiró, para crear a Felipito.”

Seré curioso: ¿Quién es Quino? ¿Quién es Felipito?

_ “No mancharé su memoria contestando tu desatino.”

A mí nadie me dijo sobre la suspensión del servicio de trenes del que nos despojaron.

_ “En realidad era un solo tren.”

Con razón. -Tres días con sus noches permanecí ahí tirado.- Sin percatarme de que mis esperanzas eran vanas. El caso es que me aleje de ahí frustrado. Iracundo. Encrespado. Furioso. Y no puedo ocultarte, dados tus conocimientos de la psique humana, que también, ligeramente aliviado. Pero por ese primer fracaso superficial e insignificante, no dejaría de intentarlo. Y lo hice. Esta vez compre una pistola. Pero debo confesar que, a ellas, las pistolas, las encuentro inconvenientes para mí en varios sentidos. Te digo dos. El ruido que producen al ser disparadas a mí me mata. Y, el olor a pólvora percutida me produce nauseas. Tratando de evitar tales inconvenientes, me metí a una piscina. Pensando que bajo el agua evitaría aquellos apocalípticos inconvenientes.

Hasta que estuve dentro de la piscina noté algunas cosas. Te digo dos. Una. La piscina estaba vacía. Dos. Unos juveniles albañiles bajados de la sierra a tamborazos realizaban en el fondo de esta, un primoroso e intrincado mosaico veneciano que representará a la Reina con su príncipe consorte. Trepados a lomos de un gigantesco delfín vestido con un frac de un ridículo color rosa mexicano, mientras ellos van desnudos.

Y juguetean -sus majestades- entre formaciones de corales iridiscentes que discretamente ocultan sus partes pudendas.

Supe entonces, a través del gerente del hotel donde se encuentra la piscina, que cuando se terminen los arreglos, ya nadie podrá nadar en ella, por respeto a las imágenes de la reina y su príncipe consorte. ¿Y en el caso señor gerente que yo sólo quisiera suicidarme en ella, se podría hacer una excepción? Me miró por encima de la parte alta de sus desgastados lentes bifocales como a una basura de ser humano. “No sea payaso y por favor retírese de inmediato.” Dijo con frialdad mientras se alejaba lentamente. “A ese no le permitan la entrada, nunca más. Aunque pague.” Fue lo último que le oí decir. Mi tercer intento…

_ “¿De verdad crees que esto último cuenta como tu segundo intento?”

Si.

¿Te molesta si continuo? Te decía que mi tercer intento trasciende los límites de lo paranormal. Aunque para decir la verdad a rajatabla, llevaba semanas sin ocuparme del asunto. Dormitaba lejano a cualquier pensamiento, bajo la sombra refrescante del follaje perenne de mi viburno radiante. Cuando de pronto, entre una de mis inevitables pesadillas que en cuanto cierro mis ojos me acompañan, un enorme hombre de piel negra con un vozarrón formidable se proclamó como mi abuelo paterno.

Me quedé helado. Siempre en la familia, sórdidos rumores corrían poniendo en duda la lealtad de mi abuela Lorena Libanesa, hacia mi abuelo Tercero del Moral. Y muchos, afirmaban que tal deslealtad -apagada durante algún tiempo- reverdeció con la indomable energía de las verdolagas, cuando durante algunas semanas dos circunstancia totalmente inesperadas confluyeron, nadie sabría, ni podría explicar porque.

La primera de ellas -de tales circunstancias- tuvo que ver, con la internación voluntaria por seis semanas de mi abuelo, en el convento de las monjitas descalzas, con el único fin de recibir de ellas -las monjitas descalzas- un tratamiento -según ellas, las monjitas descalzas- una selecta manera de aplicar ciertos masajes, dando como resultado una solución irreversible, contundente e irrebatible, contra el insomnio. Dado lo que se dio, muchos pensaron que, si tal tratamiento le sirvió de algo al abuelo, lo hizo a destiempo.

Junto a esta primera circunstancia, se dio la segunda. (Antes, me permito aclarar, que los nombres mencionados antes, son fruto de mi imaginación y en la realidad no existen. Gracias.) La llegada a la cuadra de un enorme hombre negro, al que con los años todos llegaron a conocer, cariñosamente como: Charol. Y que se dedicó, para subsistir, a la venta de todo tipo de verduras, flores, pimientas y pócimas de amor que importaba a través de unos primos suyos, rezagados, allá en el caribe infinito. Y que vendía llevando sus productos en un enorme carretón viejo, destartalado y ruidoso, en el que durante la efímera guerra civil, en la que se decidió que cuadra sería en adelante la capital y cual cuadra no, se recogieron los seis (tres y tres) muertos resultantes.

Dado que Charol no podía dejar a la intemperie, bajo la intensa y fría llovizna que caía por las noches desde las nueve de la noche, hasta las cinco de la madrugada, su preciado carretón, puso letreros preguntando por alguien que tuviera un lugar a modo, para guardarlo. A través de su muñeco de ventrílocuo, Sócrates, único ventrílocuo de la cuadra, sin hacerse responsable de las derivaciones que su información pudiera acarrear, hizo del conocimiento de Charol, del espacio disimulado que tras la casa de mis abuelos existía.

Con esos datos, un domingo, después de la misa de las siete, en la que yo cantaba el Ave María, y dado que mi abuelo recién se estrenaba como interno, en el convento de las monjitas descalzas, y ante su ausencia, Charol según parece convenció a mi abuela de dejarlo guardar su viejo carretón en el disimulado solar detrás de la casa. Pero ahora, según los estentóreos gritos que manifiesta en mi pesadilla, este hombre enorme de piel azabache, en su momento, de guardar el enorme carretón, Charol, no fue de lo único que convenció a la pícara y traviesa, de mi abuela Lorena Libanesa.

El caso es que, en mi negra pesadilla, involuntariamente llegué a descubrir que mi abuelo paterno no lo era. Y debo reconocer que, de manera unilateral, alocada e irreflexiva tomé la decisión de regresar a mi idea de recurrir al suicido, con el convencimiento pleno esta vez, de llevarlo a término de una vez por todas y hasta sus últimas consecuencias.  Pero inopinadamente se atravesó mi gata Sebastiana.

Repentinamente, y aún dormido, sentí una incómoda y desesperante opresión sobre mi pecho agitado. Precursor -pensé- de un fulminante y definitivo ataque al miocardio que me sacaría de mis miserias.  Al mismo tiempo que, algo como un pequeño plumero, incómodamente cosquilleaba bajo mi nariz, llevándome a una serie de ruidosos e incontenibles estornudos, que, sacándome de la dulce tibieza y comodidad de mi merecida siesta, me retrajo a esta realidad, impidiéndome -como dije antes- llegar hasta las últimas consecuencias.

_ “¿Ahora pretendes esconder -según tú- detrás de un loco e insensato sueño , estas necedades como tu tercer intento?

Querrás decir una pesadilla. No un sueño. Una horrenda pesadilla sufrida por mí.

_ “¿Y el cuarto intento? ¡Dime por el amor de Dios! ¿Cuál fue tu cuarto intento?”

Hasta ahora sé, solamente qué de darse, será el cuarto intento, dado que soy extremadamente ordenado en todo. Pero últimamente ando como distraído. Desmotivado. Ausente.

A ver que se me ocurre.

 

edgarsalguero@hotmail.com

 

 

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Edgar Salguero
PINTOR Y AHORA CUENTISTA, LLEGÓ DESDE COSTA RICA A GUANAJUATO HACE 45 AÑOS.

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