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viernes, febrero 26, 2021

Sócrates

Seguda parte

Donde se llega a saber porqué la voz de Cristiana se escuchaba

Agitada, temblorosa, convulsa, estremecida y jadeante

Entre muchas otras cosas

 

Lo que realmente despertó a Raúl Izquierdo Madrazo, fueron los confusos recuerdos de la cruenta, violenta y sanguinaria pesadilla vivida. El fuerte y repetido golpeteo contra la puerta no tanto. Aturdido y desconcertado, llevando todavía en su cabeza, girones que se desvanecían progresivamente en sus recuerdos mientras se acercaba hasta la puerta, lo acompañaban aún.

Al abrirla le sorprendió lo que parecía una caja grande y colorida que levitaba milagrosamente frente a sus ojos somnolientos. Fijándose mejor distinguió bajo la caja unos pantalones oscuros empapados y debajo de ellos unas zapatillas tipo tenis de color blancas, mojadas también. De repente de un lado de la caja apareció la cara sonriente de una diminuta mujer cansada. Que puso en sus manos la caja de colores, y antes de marcharse, más sonriente aún le dijo:

_ “Buenas noches picarón.”

Y se alejó perdiéndose bajo la lluvia fría.

Lo primero que Raúl notó al recibir la colorida caja fue su escaso peso. Muy liviana para lo que él esperaba de un muñeco de madera para ventrílocuo que se preciara de serlo. No teniendo teléfono en casa, y pensar en salir a buscar uno de monedas a esas horas y bajo condiciones meteorológicas tan adversas, solo para preguntarle a su entrañable amiga: “Querida Crista: ¿no te habrás equivocado con mi envío?” Le pareció patético y vergonzante. Decidió abrirlo de todos modos. Pensando para sí: “Y que sea lo que Dios quiera.” A eso iba, cuando un ensordecedor trueno se adueñó de la noche, y lo envolvieron, de nuevo, las sombras. Lo dejó todo para la mañana siguiente. Se acostó a dormir.

A la mañana siguiente las adversas condiciones meteorológicas continuaban exactamente iguales. Despertó con el cuello torcido y un insoportable dolor de cabeza. Como siempre en esos casos tomó de un jalón seis aspirinitas, y una enorme taza de humeante té de romero que todo alivia, antes de sentirse con los ánimos de levantarse y enfrentar la vida. Notó que vela eterna bajo el retrato de su madre estaba apagada y sobresaltado corrió a prenderla de nuevo. Confiando en que nadie importante lo hubiera notado, interrumpiendo para su desgracia la larga línea de tiempo para recibir la gracia del milagro esperado por tantos años, milagro y esperanza que guardaba celosamente en un rincón del alma, a salvo de indiscreciones no deseadas.

Entonces recordó la caja recibida la noche anterior en tan extrañas circunstancias. Lo esperado habría sido que fuera un hombre el encargado de tareas tan ingratas como lo de andar a esa horas, y bajo torrenciales lluvias, llevando paquetes a gente que recibía por correos pedidos muchas veces caprichosos e innecesarios. Pero recordó que eso del feminismo, peleaba a muerte tales conquistas. No entendía, Raúl, casi un perfecto caballero, porqué.

Repuesto apenas de la incómoda noche transcurrida, se paró ante la desvencijada mesa de madera mirando cuidadosamente la colorida caja. Con el dedo índice de su mano derecha -evitaba en lo posible pese a ser zurdo ocupar la izquierda- por aquello de su primer apellido, tratando de evitar en lo posible, el menor resabio de nepotismo. Desplazó unos diez centímetros, el artilugio, confirmando, otra vez la casi ausencia de peso esperado por él. Cansado de esperar, arrancó a pedazos el papel protector desnudando la caja por completo. Lo que sus ojos alcanzaron a mirar, no llegó de inmediato a su entendimiento. Cuando su cerebro descifró el mensaje transmitido, Raúl Izquierdo Madrazo cayó como fulminado por un rayo, sumiéndose en la pavorosa negritud de un inesperado desmayo.

Cristiana Cienfuegos, aunque en su acta de nacimiento aparecía como Cristiana López Cienfuegos, en un arrebato de irrevocable desprecio al manifiesto machismo de su padre, y ante un profundo conocimiento de su naturaleza irrefrenable de hembra con incontenibles deseos por vivir la vida a todo lo que da el mecate, a los quince años llegó desde su natal Pátzcuaro, verdadera -para muchos- capital del glorioso estado de Michoacán  a la ciudad de México en uno de los últimos trenes que románticamente transportaba de allá para acá y de acá para allá a tanta gente  que todavía disfrutaba de viajar gozando del paisaje y no únicamente de querer llegar, antes de que a algún imbécil se le ocurriera cancelar los ferrocarriles en México. Cambió en cuanto pudo y de un plumazo su nombre. Lo de Cienfuegos podríamos decir que le vino como anillo al dedo. Criada en un rancho pletórico de animales que, de tanta variedad, no daban tregua a lo largo del año, de manifestar, con toda libertad sus etapas de celo y predilección por sus instintivas e irrefrenables maneras de buscar la continuidad de la especie. Podríamos decir entonces que para Cristiana, los secretos de la sexualidad no eran tales, sino más bien, un extenso, pormenorizado y profundo conocimiento del asunto.

Raúl Izquierdo Madrazo despertó, o para decirlo con toda propiedad, salió de su desmayo, sintiéndose como si por encima suyo, y mientras había estado sumido en la inconciencia a lo que lo había llevado la ya mencionada pavorosa negritud, hubieran transitado un centenar de trenes de los que, uno de ellos había, muchos años atrás, llevado, a su ahora, entrañable amiga. Se sentía, en pocas palabras, de la patada. Como pudo se arrastró hasta la pared quedando sentado en el suelo y precariamente apoyado en ella. Sus ojos desorbitados, contemplaban a la que, desparramada por el suelo había quedado lascivamente expuesta. Una muñeca inflable afroamericana de tamaño natural.

Cuando Cristiana recibió la confusa llamada de Raúl, estaba aún bajo los dulces efluvios centelleantes con los que su multiorgásmica naturaleza la premiaba cuando elegía bien. Nunca se casó. ¿Se casaban los animales en el rancho? Por supuesto que se fijaba, y mucho, en la pinta del que se le ponía por delante. Pero lejana a la costumbre femenina de preguntar primero: “¿Y a que te dedicas?” Cristiana preguntaba: “Cuéntame, de chico, tus compañeritos de juegos en la escuela, ¿Cómo te llamaban?” Si la respuesta era un contundente: “El burro.” Cristiana de inmediato paraba la oreja poniendo mucha más atención que de costumbre. Y es que, aunque no se pueda manejar como una verdad eterna, indiscutible y absoluta, dicho apodo no siempre se aplica a personajes con un coeficiente intelectual mínimo o de plano ausente. Y aunque Cristiana permanecía aparentemente imperturbable y serena ante la información recibida, en sus adentros rezaba e imploraba porque el muchacho en cuestión pronto mostrara dotes, actitudes y cualidades que colindaran o rayaran en la genialidad. De todos modos, si esto no fuera así, tomaba riesgos.

Pero regresando a la llamada recibida la noche de aquel domingo, fue a raíz de esas circunstancias recién apenas vividas por Cristiana y que aún se manifestaban literalmente a flor de piel, que deviene la explicación de la voz alterada, agitada, temblorosa, convulsa, estremecida, trémula y jadeante, que escuchó Raúl. Del resultado enviado a éste por aquella, uno podría inferir de parte de ella una falta de respeto, atención y profesionalismo imperdonables. Pero nada más lejos de la verdad. Cristiana entendió perfectamente lo que Raúl necesitaba. Pero a ella, el pedido le pareció muy raro. ¡Un muñeco de madera para hablar a través de él! ¡Pero si él mismo apenas se daba a entender! A ella, todo le pareció un pretexto para tener algo a que poder abrazar en su total soledad. Y decidió, al menos por el momento, erigirse en calidad de sicóloga improvisada, rasgo aprendido también desde el rancho, y tratar de al menos distraer por un rato a aquel muchacho desvalido.

¿Y vaya que lo logró!

Al menos por un breve tiempo.

Con temor y desconfianza, poco a poco, Raúl fue acercándose a Camila, nombre con el que su abuela materna, mencionaba a su mejor amiga, una negra descomunal que alguna vez quedó atrapada entre las redes con que su abuela pescaba allá lejos, en el interminable y eterno mar caribe, misma que una calurosa tarde había salido a nadar desde las playas de su natal Jamaica, quedándose dormida abrazada a una palmera flotante y despertando en las redes arriba mencionadas. Naciendo entre ellas, Camila y su abuela, una intensísima y desbordada relación de índole lésbico, de proporciones por lo menos; transnacionales. Pero esa es otra historia. Que sólo menciono para aclarar el origen del nombre de la muñeca inflable.

Tomándola entre sus ya amorosos brazos, ignorantes ellos de cualquier acercamiento con las intimidades de la otra mitad del género humano, Raúl, en Camila, examinó respetuosa y delicadamente curiosidades de las que ignoraba su existencia. Y aquellos descubrimientos le fascinaron. No pretendo ser el único conocedor de las palabras en el diccionario. Pero con esta palabra en particular, -Fascinación- recomiendo una consulta amplia y profunda de su real significado. De ser posible, en un diccionario serio. Gracias.

Durante algunas semanas Raúl observaba a Camila sentada en la única silla de la habitación sentado, él mismo, incómodamente sobre el suelo. Camila parecía mucho más una de esas muñecas de cartón que fabrican en Celaya, pero grande y negra. Un día, mejor dicho, una madrugada en que ya no pudo más, sentado en la silla, sentó a Camila en su regazo, y trato de sustituir con ella al insustituible muñeco de ventrílocuo. Para no hacer el cuento más largo, una cosa llevó a la otra. Y Raúl, sucumbió a los encantos de Camila, antes únicamente explorados, los encantos de Camila, con inocente curiosidad.

Encariñarse de Camila fue instantáneo. Le llevó unos cuantos minutos más, encapricharse, engolosinarse, enviciarse. Aunque después de varios días, Raúl, que literalmente hablaba por dos, empezó a tener una extraña sensación de vacío ante el infranqueable silencio de Camila. Deseaba al menos algún murmullo, un gesto, una risita callada, un estornudo. Algo. Pero no.

Cuando se hizo evidente la permanencia ineludible de silencio interminable, la certeza de lo imposible, lo apabulló sumiéndolo en una confusión aturdidora. Buscó por todas partes el papelito en el que el sacristán Alfaro, primo de Crista, su amiga entrañable, había impreso como con fuego ardiente el numerito mágico. No era cosa de andar molestando sin un motivo serio al mudo Alfaro. Finalmente encontró el numerito, buscó su teléfono público de monedas y un jueves a eso de las diez y media de la mañana, marcó. De nuevo lo de los diez timbrazos la voz trémula y todo lo demás.

El viernes con una maletilla rellena de lo más indispensable, Raúl tomó un autobús dirigiéndose a la CDMX.  Envuelta de una manera que pensaba él, nadie podría adivinar su contenido, llevaba e Camila. Al subir al autobús, la chica encargada de revisar su boleto y entregarle una botellita de agua y un incomible sándwich de jamón le dijo: “Que tengas buen viaje…picarón.

Con esa última idea rondando por su cabeza, no tardó en acomodarse lo mejor que pudo en su asiento individual y quedarse profundamente dormido. Sin percatarse hasta el final del recorrido de que había sido el único pasajero. Al bajar, eran las seis y poco más de la mañana. En el amplio vestíbulo de la central del norte no tardó en reconocer a -hasta ese momento aún- su entrañable amiga Crista. No le fue difícil.

¿Cuántas mujeres llevan el pelo pintado de verde?

Final de esta segunda parte

Terminará la próxima semana (prometido).

edgarsalguero@hotmail.com

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Edgar Salguero
PINTOR Y AHORA CUENTISTA, LLEGÓ DESDE COSTA RICA A GUANAJUATO HACE 45 AÑOS.

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