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lunes, marzo 1, 2021

Una extraña partida de ajedrez

7:25 PM.

Al principio, distraído como andaba desde que la ausencia de su mujer se materializó, Ricardo no puso mucha atención a lo que pasaba bajo sus narices, en el tablero de ajedrez, pintado sobre la mesa de madera. Espera, -con ganas de que no llegue- por su amigo Antonio.

Un entusiasta Antonio. Un caso perdido, que vive de la creencia de que:

“Todo se compondrá tarde o temprano.”

Jugaban muy de vez en cuando. En realidad, el tablero era el pretexto para conversar. Diez años antes, en un accidente siniestro y devastador, por el que Antonio siempre se sintió culpable, su querida mujer, Herminia, resultó muerta dejándolo viudo, solitario y desconsolado.

La pérdida de Ricardo era más reciente y menos traumática si se quiere ver así. Hasta natural y cotidiana ahora, en estos tiempos que corren Un día su mujer se cansó de él y simplemente agarró sus cosas y se marchó. Ricardo supo desde antes, que eso ocurriría tarde o temprano, pero no hizo nada para evitarlo.

Si es que estaba en sus manos evitarlo.

En realidad, no le importó gran cosa. Hubo un tiempo en que dio todo lo que un ser humano, en una relación entre marido y mujer puede dar, y no bastó.

Así de simple.

7:50 PM.

Suena el teléfono, y como siempre que suena, Ricardo no lo ve por ningún lado.

Lo busca por todas partes. Lo encuentra en la repisa de la chimenea, bajo unos trapos que la mujer que le ayuda de vez en cuando con lo más indispensable debe haber puesto encima sin fijarse.

Es Antonio.

Va un poco tarde. Llevará una pizza. Esta noche seguramente no habrá ajedrez. Verán un partido de futbol. A las nueve. Revisa en el refrigerador y aunque hay algunas, pone unas cuantas más para enfriar. Ricardo no toma cerveza. Antonio, a veces, no se mide. Sobre todo, si el Cruz Azul empata, gana o pierde. Y por lo que sabe, esta vez volverá a perder.

8:10 PM.

Regresa hasta la mesa. Está a punto de recoger las piezas del ajedrez cuando se da cuenta de que hay una mosca extraordinariamente grande, parada encima de uno de los dos caballos negros. Tiene el tamaño de un abejorro mediano. Pero sin duda es una mosca. No se mueven. Ni Ricardo ni la mosca se mueven.

¿Se miran?

Puede ser.

De repente, sin estar muy consciente de haberlo hecho, Ricardo ahora, está sentado enfrente del tablero, del lado de las figuras blancas. Solo por joder, Ricardo adelanta uno de sus peones dos espacios hacia adelante. La mosca entonces va desde encima de su caballo, hasta el cuadro en donde -si supiera jugar, y Ricardo no cree que sepa- debería quedar en su primer movimiento. Ricardo no se inmuta. No quiere darle pelota a la mosca, dejándola creer que está jugando con ella. La mosca entonces vuela furiosa hasta el caballo y de regreso al cuadrito. Tres veces. Del caballo, al cuadrito. Del caballo al cuadrito. Tres veces. El zumbido de sus alas del color de las alas de las moscas se torna ensordecedor. Ricardo siente que no le queda más remedio que obedecer y obedece. Mueve el caballo hasta el cuadrito que la mosca señaló.

Entonces, el universo, se precipita a un incontrolable arrebato de locura desenfrenada.

8:37 PM.

Desde fuera y a través de la ventana, si alguien mirara hacia adentro, sería testigo, -de poner atención- de que algo extraño pasa con el hombre sentado enfrente del tablero de ajedrez. Hace movimientos que parecen estar bajo la iluminación de una luz estroboscópica. Como en cámara lenta. Como si no dependieran de su voluntad. Como si algo o alguien se hubiera adueñado de su destino. Moviendo las piezas de ambos lados. Como si jugara consigo mismo y con nadie. De repente, derriba su rey en señal de derrota. Habla y gesticula con alguien que debe estar frente a él, pero que nadie más puede ver. Está furioso. Parece avergonzado.

Derrotado.

8:56 PM.

Antonio entra por la puerta con una pizza hawaiana en las manos y nada más. Mira a su alrededor buscando a Ricardo que no se ve por ninguna parte.

_  “¿Dónde andará?”

Se pregunta.

8:56 PM.

Cerca de ahí. Caminando bajo la lluvia fría, cabizbajo, Ricardo parece no tener rumbo.

Sigue furioso. Avergonzado.

Derrotado.

Lleva sus manos en los bolsillos del viejo gabán que alguna vez fue impermeable pero ya no. En su mano izquierda lleva una pistola que nunca ha disparado. La pistola está helada. Aunque parece no llevar rumbo, sabe muy bien adónde va. Llega y toca una puerta que antes de esa noche, únicamente ha visto desde la acera de enfrente. A escondidas. El tipo que abre la puerta es el nuevo marido de su mujer.

Mientras pasa por encima del ahora muerto, Ricardo aspira una bocanada del humo de la pólvora fresca. Era. Piensa del muerto recién estrenado. ¡Era el nuevo marido!

Fue.

Su mujer, horrorizada aparece por el zaguán.

Era.

Piensa de ella. Había sido su mujer alguna vez. Ahora no es de nadie.

Ahora, está muerta.

Entonces, tembloroso y distante, Ricardo apoya el cañón tibio de la pistola en el lado izquierdo del pecho y dispara.

Mientras cae, piensa que el olor de la pólvora fresca era delicioso, enervante.

9:14 PM.

Antonio distraído mira el partido sin verlo.

Un zumbido le llega desde la mesa donde ha dejado la pizza.

Cuando llegó, ante el desparramiento de piezas encontrado, puso orden. Mira sin mucho interés el tablero.

De repente, sin saber cómo, está sentado frente a las piezas blancas.

9:37 PM.

Desde fuera, si alguien mirara hacia adentro, a través de la ventana…

 

edgarsalguero@hotmail.com

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Edgar Salguero
PINTOR Y AHORA CUENTISTA, LLEGÓ DESDE COSTA RICA A GUANAJUATO HACE 45 AÑOS.

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