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martes, abril 20, 2021

“Y al final, lo único que nos queda es la música”: Ya no estoy aquí (2019).

Hace tiempo atrás, recuerdo haber visto un documental de parte de un grupo de estudiantes que mostraba la vida de una compañera de estudios. El documental trazaba las dificultades que la joven tenía para prepararse de manera académica en uno de los espacios educativos más notorios de la ciudad en torno a su perfil económico, ya que era proveniente de una familia de escasos recursos; hay un momento muy definitivo detrás del material en donde dejan platicando a su compañera sobre el proceso, arriba de un camión que utiliza para visitar a su familia en donde se le está acompañando, la compañera comienza a reflexionar sobre sus dificultades y la de sus padres y como resultado, termina llorando en frente de la cámara… sus compañeros no cortan la escena, dejan que esta llore en minutos que se sienten eternos. Quizás de manera inconsciente pensaron que de esta forma, podrían atraer las sensibilidades del público, pero lo que no contaban era que retratar de manera a su compañera considerando dejar la escena para un sentimentalismo inmediato, terminaba siendo un efecto méramente chantajista, de mal gusto y que también refleja mucho la relación entre el documentado y documentalista: aquí la simbiosis no existe como tal porque la aproximación se dará para alterar la narrativa a favor del realizador, muchas veces sin comprender lo que retrata.

Esto lleva ya casi un siglo dentro del fenómeno cinematográfico, después de todo Nanook el esquimal (Robert J. Flaherty, 1922) procedía a retratar la vida inexacta de un hombre para el beneplácito de las audiencias, ensoñando una visión que impedía conocer a su protagonista fuera del misticismo fílmico; en México, las cosas no son tan alejadas de aquella vez en la que Flaherty ponía a morder a Nanook un acetato: Las visiones de nuestra cultura tienen una lejanía notoria, a menudo detallando la diferencia frente a nosotros como si estos fueran animales de zoológico, anteriormente mostrando el lado humilde del México que se defendía por su trabajo y bondad frente a las garras de aquellos de dinero que no procesan estas personas, ahora borrándolas del mapa para representar historias de hombres que no forman parte de estos entornos y si estos se encuentran, es para burlarse o para hacer reflexiones baratas de cajón.

Es por ello que obras como Ya no estoy aquí sorprenden a los menos advertidos. Las percepciones de la película de Fernando Frías ante un público acostumbrado a las epopeyas de Omar Chaparro en la pantalla grande reciben la mirada de un México inusual pero que es uno que forma parte de las sensibilidades y capacidades casi habituales de cientos de realizadores independientes que no pueden aproximarse al entorno comercial sin recibir número lastimeros de taquilla, y que para Yo no estoy aquí, las nuevas dinámicas de proyección -en este caso de parte de Netflix– la vuelven una generadora de debate, morbo, y atención.

Y que dicho sea de paso, lo merece.

Fernando Frías -quien dirige y escribe Ya no estoy aquí– termina entregando una película que se percibe desde primera estancia como un trabajo generoso y respetuoso de un entorno del que no pertenece. Se adentra en las laberínticas calles que le dan vida a los protagonistas -a menudo también formando parte de un personaje al ser espacios que ahogan cualquier índole de privacidad y desarrollo positivo- así como decide filmar la película usando a los habitantes del entorno, quienes de manera natural entregan personajes adecuando vivencias jamás en una calca burlona, siempre con una mirada curiosa.

Conocemos a su personaje principal, un participante de la contracultura conocida como Kolombia o Cholombianos: personas provenientes de Monterrey que se dedican en cuerpo y alma a bailar remixes de cumbias colombianas. Ahí conocemos a Ulises (Juan Daniel García Treviño), un joven que podríamos considerar como el lider de Los Terkos, una pandilla que más que delinquir, viven al servicio del baile, es un grupo holgazán en cierto sentido, pero esto no es más que el reflejo del choque de generaciones y descontento social de un país marcado por la inminente guerra del narcotráfico que se sostuvo durante el periodo de Felipe Calderón, siempre amenazante en el fondo.

Esta aproximación es fantástica, porque Ya no estoy aquí la utiliza como parte de la cotidinaneidad del mexicano promedio, situación exasperante por supuesto, pero innegable: el narcotráfico dejó de ser un punto de atención porque lo hemos asimilado como sociedad. Lo que queda claro que no hemos asimilado, es el choque de culturas. Ulises la mayor parte del tiempo recibe discriminación sobre su atavío, sobre la música que escucha, y sobre su sentir; Juan Daniel García Treviño logra interpretar con sequedad a Ulises, dejando de lado matices de una agonía adolescente ante la falta de apreciación sobre lo que representa que a menudo choca también con la situación de la que él mismo forma parte: acentuando el valor de su cultura y nada más; es de hecho este sentir de Ulises anárquico que se contagia en las temáticas del filme: que parece ir a un lado para tajantemente añorar otra situación, igual que su personaje.

Hacia al final, Ulises no aprende: ha quedado prendido de lo que los Terkos representa, y al igual que aquel personaje que poseía su mismo nombre, su viaje de regreso a casa es complicado… todo para recibir una cruenta bofetada. Ulises es un espectro, un representante de lo que era, el último de los Kolombianos… sus amigos han caído presa de otros géneros o poseen vidas ajenas al baile, y en circunstancias peores, han sido víctimas del crimen. Ulises ha perdido todo para llegar a lo que anhelaba, y estando en la cima del mundo entrega su pasión a la música, que de manera abrupta corta, reflejando la realidad de la que no quiere formar parte: Ya no está aquí.

Fernando Frías acaba de dirigir la mejor película en lo que va del año.

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