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domingo, octubre 17, 2021

COVID-19 nos quebró la imagen de la muerte sagrada: Tanatóloga Sylvia Fornara

León, Gto. La imposibilidad para despedir a un ser querido que falleció por coronavirus, de acudir a su funeral y rendirle homenaje, ha dejado fuertes heridas en la sociedad de manera global y es una situación en que los profesionales de la salud mental están poniendo énfasis.

 

A casi un año de la pandemia, los expertos en psicología resaltan las similitudes entre la actual crisis sanitaria con una guerra o un genocidio, por lo que hoy más que nunca, resulta relevante tomar terapia.

Sylvia Fornara, psicóloga tanatóloga y miembro fundadora del Colegio de Psicólogos de Guanajuato Capital (COPSIG), platicó para Zona Franca sobre la importancia de vivir el duelo, y que a pesar de los impedimentos con las medidas sanitarias, las personas que perdieron a uno o más seres queridos a causa de COVID-19 redignifiquen la muerte.

“Hay algo específicamente con el COVID que es muy cruel, el tema de la despedida es algo importante y de no haberlo podido hacer, nos da la sensación de sentirnos como una cosa desechable (…), Es como si la situación actual le quitara el lado sagrado de la muerte”, enfatizó.

La muerte súbita, como es el caso de los decesos por coronavirus, es más complicada de sobrellevar que un fallecimiento por enfermedad larga como el cáncer, debido a la imposibilidad de la despedida, incluso desde que la persona es diagnosticada y el familiar o cercano lo deja en un hospital, creyendo que volverá a verle.

Otro factor que influye en la complejidad del duelo, es cuál o cuáles miembros de la familia o del entorno afectivo fallecen, si son los guías espirituales o económicos, y por consecuencia, cambia de manera considerable la geografía familiar y esto provoca un dolor aún mayor.

La psicóloga tanatóloga, explicó que a pesar de que la muerte es algo que está completamente ligado a los seres humanos y forma parte de la experiencia de vida, hay un imaginario sobre lo que debería ser la muerte, que genera un mayor impacto cuando se presenta por ejemplo en bebés, niños o jóvenes, o en los hijos, porque se piensa que quienes mueren primero son los adultos mayores y los padres de familia, y no al revés.

En este sentido, explicó que la muerte tiene tres características que resultan devastadoras para los sobrevivientes: es irreversible, ‘hay un punto de no retorno’; es irremediable, ‘no hay forma de hacer que alguien muera un poco menos o más’; es inevitable, ‘porque a todos nos va a pasar’.

Tomando en cuenta estos aspectos, cuando un ser querido fallece lo más común que aparezca al inicio es la negación, el hecho de no comprender lo sucedido, aunado a una sociedad frívola que orilla al doliente a creer que su dolor debe pasar y adaptarse lo más pronto a la ‘vida cotidiana’.

“No llores”, “la vida sigue”, son frases recurrentes que laceran profundamente a los sobrevivientes, quienes llegan a sentirse desquiciados por pensar que no podrán superar la pérdida y que están obligados a dejar pasar el dolor y “seguir con su vida”.

“Lo que nos agobia a los sobrevivientes es sentir que ya no podemos vivir con nuestra parte de nosotros en la sociedad, porque esta persona, con quien teníamos el vínculo, ha fallecido y es como si una parte de nosotros también hubiera fallecido”, sentenció.

Entre los sentimientos más recurrentes tras la pérdida de un ser querido, están: la tristeza, enojo, vergüenza y culpabilidad, y éstos dependen de la relación que se tenía con el difunto o difunta, de la situación en que falleció y del lugar que ocupaba dentro de una familia o un entorno.

Para el caso de quienes pierden a uno o más familiares por COVID-19, la culpabilidad es un sentimiento recurrente, al sentirse imposibilitados a poder hacer algo más por la persona, de acompañarlo durante su enfermedad y de no tener bajo su control la ocupación hospitalaria o algunos elementos vitales como un tanque de oxígeno, que al día de hoy tiene una alta demanda.

“Es algo que acentúa este lado de pasar de personas a objetos desechables y es algo doloroso, en los próximos años tendremos que trabajar como sociedad sobre esta experiencia social que es a nivel mundial”, enfatizó.

Redignificar la muerte

Sylvia Fornara recalcó que los duelos se han vivido desde que la humanidad existe, y recordó algunas tradiciones como el vestir por un año de color negro, para guardar ‘luto’.

Otro ejemplo que los mexicanos conocen bastante bien, son los altares para el Día de los Difuntos, que se celebra el 1 y 2 de noviembre de cada año.

El acto de rendirles un homenaje, colocar una fotografía y encender una vela, resulta catártico y bastante saludable para la persona que está enfrentando un duelo.

Una de las recomendaciones que realizó la psicóloga tanatóloga para las personas que han pedido un ser querido y no se pudieron despedir de él o ella a causa de la COVID-19, es redactar una o más cartas para agradecer el tiempo compartido y colocarlo junto a un altar.

“La forma de despedirse es de escribir una carta al difunto e inclusive de tomarse el tiempo, no tiene que hacerse en una sola vez, pueden ser varias cartas de despedida, donde pueden agradecer lo que esta persona ha sido para el sobreviviente, donde se puede rememorar lo que se vivió con él o ella”.
“La carta nos permite conectarnos psicológicamente con el difunto o difunta y redignificar a la persona”, sugirió.

Tanatología, el estudio sobre la muerte

La disciplina conocida como tanatología, se encarga de abordar lo relacionado con la muerte de un ser querido, comprender cómo sucedió, asimilar la pérdida, aceptar la muerte como parte de la vida misma y sanar lo que no se resolvió cuando el fallecido estaba con vida.

Foto: Miguel Castro

La también miembro fundador del Colegio de Psicólogos de Guanajuato Capital (COPSIG), Sylvia Fornara, refirió que regularmente las personas acuden a terapia pasado un mes del fallecimiento, toda vez que ya realizaron el papeleo necesario, el funeral y los trámites engorrosos que conllevan la defunción de un familiar, y se encuentran ante la ausencia del ser querido.

“Entonces uno se encuentra en su casa con la ausencia y ese es el momento intolerable, difícil y es la mayoría de las veces cuando me llaman”, comentó.

Una sesión puede durar alrededor de dos horas y tiene un costo que puede rondar desde los 50 hasta los 700 pesos o más, esto lo establece cada terapeuta.

A lo largo de 10 años en que Sylvia ha impartido este tipo de terapia de duelo, refirió que tienen mejores resultados los que acuden de manera individual que en familia, y el tiempo en que pasa una persona en terapia varía dependiendo la situación vivida, pero por lo general dura alrededor de tres meses.

El acompañamiento que se brinda resulta muy importante porque las personas tienen su lado emocional destrozado y esto afecta el lado cognitivo, tanto que hay personas que al mes continúan en la negación, es decir que aunque saben que la persona falleció, se niegan a creerlo.

“Tal vez podemos saber que la persona ha fallecido pero no lo aceptamos emocionalmente, podemos seguir estando en la negación (…), La persona llega con mucho sufrimiento, pensando que así va a ser toda su vida, que pasó de la felicidad a la desdicha y pensando que no va a sobrevivir al evento”, apuntó.

De sesión a sesión, la persona irá asimilando lo ocurrido, podrá entender cuáles han sido las circunstancias en que se dio el fallecimiento y se reconecta el lado emocional con el lado cognitivo.

A la par del duelo, comentó que hay personas que tenían pendientes con el fallecido, culpabilidad, o falta de perdón y esto se vuelve más complejo. O bien, hay otras situaciones donde descubren que quien falleció tenía otra familia, manejaba mal sus finanzas y los sobrevivientes deben asumir responsabilidades que no estaban bajo su control.

“Lo que complica los duelos es la relación que uno tenía con el difunto o difunta (…), si era buena, aunque sea desgarradora la experiencia, después de 3 meses ya hay una integración diferente de lo experimentando”, precisó.

Finalmente, la psicóloga tanatóloga reiteró que la muerte es parte de la experiencia de los seres vivientes, por lo que es importante visualizarlo como tal y acudir a terapia cuando exista un duelo que afrontar.

“La experiencia de la muerte es algo que es parte de nuestra filogenética, de nuestra experiencia como seres vivientes, no es algo totalmente ajeno, todos vamos a tener esa experiencia, sea de nuestra propia muerte o de un ser querido”, concluyó.

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