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sábado, mayo 15, 2021

Pañuelos blancos

“(…) Era un hombre generoso y sabio, como sólo pueden serlo los pocos seres humanos que albergan en su corazón la diaria memoria de que no somos vivos eternos”

(Ángeles Mastretta, “Una luz que curaba”)

Esta colaboración está hecha al alimón, como la ocasión lo amerita, pues reúne algunas ideas de mi hija y otras personales.

Santiago Hernández Ornelas vivió la vida como si fuera un territorio andado, con la serenidad del que transita por un espacio y un tiempo que conoce.

Tuve la fortuna de viajar con él, de conversar muchísimas veces, de asistir juntos a varias corridas de toros, de fumarnos unos habanos. La dicha de aprender de sus palabras y de disentir algunas veces de ellas.

Fui además su paciente, como lo fueron mi padre y mis hijos. Nada resume sus prescripciones médicas, como la que Mastretta le atribuye a Teodoro Césarman: “Come lo que te haga feliz, habla de lo que te haga feliz, quiere a quien te haga feliz, corre si te hace feliz, no te muevas si eso te hace feliz, fuma si te da tranquilidad, no fumes si fumar te disgusta. No te quites la sal, ni el azúcar, ni el amor, ni la poesía, ni el mar, ni el colesterol, ni los sueños, y quiere a tus amigos y déjalos quererte, y no te opongas a tu destino porque esa enfermedad no la sé curar.”

Asumir todo tratamiento de esa manera, significaba que no hubiera copa de vino que se contrapusiera con algún medicamento.

Era el médico que comprendía que una enfermedad no se circunscribe a una parte de nuestro cuerpo, sino que afecta por completo a la persona y a veces a su entorno cercano; que las enfermedades nos angustian, nos deprimen, nos preocupan. Así que se ocupaba, como muy pocos por curar todas las afecciones físicas y anímicas del paciente en turno.

Disfrutaba muchísimo de sus recuerdos. Se preocupaba día con día de seguirlos atesorando. Quizá eso lo hizo fumador, porque entendía –como lo escribió Pancho Madrigal-, que al encender un tabaco se ubica a la memoria en algún momento que volvemos a vivir entre las siluetas que trazan la complicidad del humo y el aire.

Ahora, Santiago Hernández Ornelas se queda en el olor a tabaco que siempre tendrá su casa y en los hoyitos de tela quemada de la cama, la alfombra, la ropa y todos lados. Se queda en el asiento en barrera de sol que tantas veces ocupó. Se queda en el palco del estadio León. Se queda en las olas de Acapulco. Se queda en las muchísimas enseñanzas y lecciones de vida que nos dio a cada uno de los que estuvimos cerca. Se queda en las historias y en las sonrisas. Se queda en las fiestas familiares y con amigos y en las canciones que entonaba. Se queda en los acordes de la Novena de Beethoven que se seguirán escuchando cada domingo desde su casa. Se queda también en cada aula del departamento de Medicina de la Universidad de Guanajuato, en la Rectoría que ocupó. Se queda en los pañuelos blancos que ondearon la tarde del martes 30 de diciembre en el templo Expiatorio, al concluir su faena en esta vida y que ondearán en cada tarde de toreros y toros bravos. Se queda en cada uno de nosotros, que lo querremos siempre. Porque no ha muerto, ha vivido y nos toca –parafraseando a Mastretta- sobrevivir sin sus ojos enderezando nuestros pesares, sonriéndoles a nuestros temores.

Twitter:  @r_izaguirre

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