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jueves, abril 15, 2021

Ricky Martin sólo pide igualdad: crónica del concierto en León

Ricky Martin presentó su espectaculo en la explanada del Poliforum. fotos: Mario Armas

El concierto del boricua despertó gran expectación desde que se anunció en la ciudad de León, a mediados de abril. Sería la primera aparición del intérprete en suelo leonés luego de toda una serie de cambios que experimentó en su vida personal y profesional. Su confesión como homosexual, primero y luego la noticia de que era padre de gemelos influyó en la forma en cómo se expresa ante su público.

Pero ellos, los admiradores y admiradoras de corazón, de hueso colorado, no les importa con quien duerme o con quien despierta. Ellos sólo querían verlo de cerca y corear sus éxitos de antes y de ahora, a una sola voz.


Desde las primeras horas de la noche, largas filas de gente se formaban, boletos en mano, para entrar al recinto. Las personas eran bombardeadas con publicidad de teléfonos móviles y futuros espectáculos. Un panfleto donde anuncian la presentación de Chayanne (el 16 de junio), una pulserita tejida “26 julio 11 – SHAKIRA – 26 julio 11-” terminaron en la basura por cientos, quizá miles. Igual destino tuvo el que anuncia la obra de teatro Bajo Cero, el 25 de mayo.

Porque a pocos parece importarles otra cosa que no sea Ricky. Por él vale la pena subirse en esos stilettos enormes y caminar (cual equilibrista) sobre la grava del estacionamiento del Estadio Nou Camp. Por él vale la pena pagar a $50 pesos una botella de agua de 600 mililitros, sí, esas que en la tienda te venden a 8. Por él vale la pena aguantar la jeta de tu novio durante todo el concierto. Todo por él.

La oscuridad llega y los ánimos comienzan a fastidiarse. Son las 21:30 hrs y el boricua no aparece en escena. Comienzan los silbidos de desesperación. De repente el sonido ambiental enmudece, las luces se apagan. La gente de las gradas VIP pega un salto como de resorte y una ola de gente se endereza, se pone de puntitas en la zona de gradas general.

“AYYYY mira nada más ese perfil… está hecho un papacito”. Con estas palabras podrían resumirse el sentimiento que nos inundó a los fanaticos cuando el escenario se iluminó y todos se dieron cuenta que ¡¡Ricky Martin estaba aquí!!. Los gritos ensordecen a todos. A nadie le importa ahora que sea un homosexual declarado, mañana vendrán los chistes, las burlas, el sarcasmo, los trending topics. Pero ¿sabes? Ahora todos estamos de puntitas y los “pudientes” extienden el brazo para formar una serie navideña de tono azulado, lo mismo con un smartphone de última generación que un teléfono móvil viejo y maltratado como mi “ladrillo” (que podría cambiar pero no lo hago porque además puede servir para defensa personal). Imagínate que uno de cada tres quiere llevarse un recuerdo grabado, aunque eso implique impedir el disfrute de los demás.

Ricky luce en todo su esplendor: “Mira nada más… ¿porqué será que no me consigo uno así?” se oye decir a una chica que luego ríe a carcajadas con su grupo de amigas, mientras, quien esto escribe piensa en una respuesta: “Podríamos conseguirnos uno, pero… este, hace meses decidió salir de circulación”.

La segunda canción, “Qué día es hoy” (cover de “Self Control”) comienza a revelar problemas en el sonido. No importa, es Ricky, ¿no? Un artista internacional no tiene problemas con el audio. Pero luego de un par de canciones, las fallas son evidentes. Durante unos segundos de silencio, surge un rumor sordo, apenas inteligible: “¡Fraude! ¡Fraude!”.

Y entonces la producción sale al rescate: Ricky parece no oir la queja y comienza a hablar con el público y los hechiza con lo mejor que sabe hacer: cantar. “Vuelve” en versión acústica calma a la bestia en que se estaba convirtiendo el murmullo. Luego, para sorpresa de muchos, decide interpretar de una vez y de un solo tirón varios de sus grandes éxitos: Livin’ la vida Loca, She Bangs, Shake your bon bon.

El público reacciona y se rinde ante el boricua. ¡Qué importa que se oiga mal! Es Ricky y baila increíble. Las coreografías impecablemente ejecutadas por sus bailarines. Hay una escena en la que incluso, tres preciosas mujeres enfundadas en “bodies” y medias negras, juegan por todo el escenario con látigos, los cuales luego utiliza el cantante para domarlas, para asumir el papel dominante.

Porque Ricky tiene un carisma que llena el escenario y lo transmite. Habla sinceramente con la audiencia y promete entregarse por completo a la gente “del bajío”. Y cuando se retuerce en el escenario y muestra el abdomen musculoso, el estrógeno se riega y los ánimos femeninos se desbordan. “Who cares if he’s gay?”

El espectáculo es de primer nivel: la escenografía consiste en un grupo de andamios con cadenas, sin chiste hasta que en conjunto con la iluminación, se transforman en líneas multicolores de luz. El sonido, ah, sí el sonido… otro día alabaremos el sonido (hoy no). Los músicos, que se lucen con magníficas interpretaciones. El vestuario que resalta el “cuerpazo” que tanto el cantante como coristas y bailarines lucen con uno, dos, cinco cambios de ropa. Todo en tonos blanco y negro. Algodón, cuero, likra, diseñado por Armani.

Martin le da espacio a su equipo, reconoce su esfuerzo. Les cede lo más valioso que tiene: tiempo del espectáculo. En las pantallas se cuenta la historia de uno de sus bailarines: lo que tuvo que hacer para conseguir su sueño de dedicar cuerpo y alma a la danza y el apoyo condicionado de su padre: “baila si quieres, pero no te vuelvas gay”. La advertencia no surte efecto, el joven asume su naturaleza homosexual.

También hay tiempo para uno de sus guitarristas: para él nunca fue problema ser negro. Se es lo que se es. Pero cuando llegas a la juventud y un policía te arresta sin decir una palabra, sólo por tu color de piel… ahí surgen las preguntas…

Así, el concierto transcurre entre fiesta, alegría, letras frívolas y también testimonios de discriminación, que se mezclan con escenas del cuerpo desnudo de Ricky golpeado por pinturas multicolores (otra vez, referencia al arcoiris) se proyectan en las pantallas laterales.

Durante la parte final del espectáculo, el intérprete por fin prende al público y lo hace levantar los brazos por miles: es “La Copa de la Vida” la que consiguió el trofeo de la noche, la ovación más grande.

El artista y sus bailarines recorren el escenario alegres y elásticos. La canción se extiende, lo que aprovecha el cantante para despedirse. Las luces se apagan y algunos despistados comienzan a abandonar el lugar. Pero aún no es el final, no todavía.

Una chica dice “Falta la de ‘Lo mejor de mi vida eres tú'”. Es cierto. El escenario se ilumina otra vez y el puertorriqueño aparece por última ocasión. Luce una playera blanca, estampada con un mensaje muy simple: TÚ, YOU, ME, YO. Martin canta con el alma, con el corazón. “Hay no me digas no / Si escondes algo dámelo / Porque llegó la hora de estar conmigo / Pues el destino así lo escribió”.

La canción termina y un sonriente Ricky nos mira directamente a los ojos: “Yo sólo pido una cosa: Igualdad, no pido otra cosa que no tengas tú” y hace un gesto con las manos, juntando los dedos para reforzar el mensaje. “Sólo igualdad, los mismos derechos para todos. Gracias León, Gracias México”. El público corresponde con una cascada de aplausos (que ojalá allá afuera se tradujera en tolerancia). El puertorriqueño se baja del escenario, esta vez, definitivamente.

Abandonamos la explanada del Poliforum con el mensaje de igualdad en la mente. ¿Cuántos se sentirán identificados con lo que dijo Ricky Martin? Dejando de lado muchos tabúes (sexualidad, color de piel, religión), todos somos iguales y tan diferentes.

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Martha Silva Moreno
Editora y reportera en Zona Franca. Correo electrónico: marthasilva@zonafranca.mx Twitter: @marthax

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