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miércoles, julio 24, 2024

Entre la agonía y la náusea: La zona de interés (2023)

Despertando de su letargo de 10 años Jonathan Glazer hace lo imposible: reestructurar de forma impotente y atroz la representación fílmica del Holocausto.

¿Por qué vemos películas sobre el Holocausto? Me parece una pregunta genuina y que no siempre nos detenemos a pensar porque quizás la respuesta más apta termine siendo la más incómoda, de que hemos bastardizado a la atrocidad. Los espacios de reflexión y de aprendizaje sobre el tema se sostienen a través de recursos públicos y siguen atrayendo la mirada de curiosos o de aquellos que o realizan un viaje de exploración sobre lo ilimitado de la maldad o en cierto modo de la esperanza de la dignidad humana, y mientras eso sucede en todas partes del mundo grupos de extrema derecha y con atisbos xenofóbicos se encuentran en la alza; claro que su presencia nos indica de la propias fallas sistémicas y la falta de credibilidad de nuestros gobiernos a tal grado de que la gente comienza a identificar valores conservadores y limitantes de derechos como parte de “los viejos tiempos”… ese espacio indescriptible e hipotético, porque no razona la historia de la humanidad en una especie de mala jugada de casilla cero en un inmundo juego de mesa.

Sobre este asunto, también está la forma en cómo consumimos la información y que -la mayoría del tiempo- ante la falta de un rigor investigativo dependemos de la función didáctica del cine a la que ponemos toda esperanza de retroceso en los problemas sociales, pero esto termina adquiriendo un compromiso ético de altas expectativas. No diría que Hollywood sino que toda la industria ha estado tratando de emular el éxito crítico y comercial de Spielberg y su Lista de Schindler (1993), más que por la necesidad de plantear un documento valioso, por lo segundo: por su valor comercial redituable. Spielberg no creó el cine del tema ni tampoco el categorizado dentro del perfil del Oscar bait tomando en cuenta que desde antes existían películas con el mismo fenómeno entre crítica, pero sí lo preservó y si el director más importante del mundo por ese entonces lograba un proyecto resguardado entre las arcas de la taquilla, ese era el banderazo para una oleada de cine del Holocausto de variopinta calidad y con ello, la asimilación de ser un subgénero más y más alejado de la comprensión y vuelto un subgénero que hasta tendrá sus fanáticos que le ven con envoltorio de superación personal.

Obvio esto no es sinónimo de que el cine del Holocausto no deba de existir, pero resulta algo notorio el hecho de que los ejemplos menos destacados, sean los representantes populares; películas como La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) con una simpleza que raya en el absurdo y hasta resulta ofensivo o El niño de la pijama de rayas (2008) descrita por el estudioso del tema Rich Brownstein como algo tan insoportable que hasta celebró que “alguien entrara a una cámara de gas por primera vez en su vida” encima de su constante aparición en las videotecas cerebrales de las audiencias, también son productos educativos (sé de más de uno que ha tenido que leer y ver el último ejemplo como tarea). Atrás quedan las controversiales, las incómodas, las que exigen un ejercicio no sólo de empatía sino de apertura a la propuesta, porque si el cine del Holocausto descansa en laureles de conformismo, el que llegue una propuesta inconexa al cliché cinematográfico es algo que siempre se agradece.

La zona del interés apunta a ese aspecto.

La zona de interés puede que sea de entre las nominadas a los premios de la Academia la que más trampa parece tenderle a la audiencia tradicional, esperando una película bajo los influjos malsanos que previamente hemos mencionado para encontrarse con una propuesta anormal de algo que llega al cine y que goce -afortunadamente, sea entre esa inyección de popularidad del hombre dorado desnudo o de esos fanáticos de A24– de salas llenas… porque las decisiones que toma Jonathan Glazer desde el primer momento son desconcertantes.

Originalmente toma la novela de Martin Amis publicada hace casi ya 10 años y decide eliminar la trama principal que de otra forma si la adaptara, tendría una película de corte erótico planteada con suma ironía en el margen de un campo de concentración. Esta decisión es muy complicada porque mucho del elemento que predomina en La zona del interés es que su tesis es expuesta desde los primeros minutos y a partir de entonces no hay un crecimiento perceptible, atonal pues. Concedo esto porque de haber presentado la adaptación de forma fiel la pregonería de Glazer y las discusiones éticas a la Arendt tendrían de otro modo vulgar de explicarlo, más carnita de dónde agarrar, pero esta decisión tampoco es que la delimite por completo.

Si aceptamos lo que Glazer termina proponiendo en la película sobresalen ciertos detalles en la cotidianeidad de la familia nazi, particularmente en la contraposición de las vidas entre la familia acomodada y sus esclavos constantemente atentos a fusionar la atrocidad con los quehaceres como limpiar la sangre de unas botas o germinar un bello cultivo a partir de los residuos del genocidio de prisioneros y que estos no puedan expresar siquiera una mueca de horror en esta normalización de la que nadie querría ser partícipe. Eso incluso queda extendido con el factor externo de la madre de la matriarca Höss la cual, exenta del lavado de cerebro de la propaganda nazi, se da cuenta de la falsa ilusión paradisiaca y termina despavorida tratando de pensar en los niños… los cuales de forma cruel comienzan a imitar los patrones de conducta de su entorno.

Y en medio de estos asuntos de falsas ilusiones, una de las cosas que uno menos esperaría de La zona de interés, con su horror en negación… es que tuviese un grado de humor. No graciosa en el nivel de las carcajadas directas de una comedia hecha y derecha, pero la forma en la que plantea Glazer a Rudolph Höss (Christian Friedel) es dentro de un nivel irónico: lo posiciona como un payaso sin valor moral, dispuesto a venderle el alma al diablo pensando en la eternidad de sus acciones y completamente enfocado en su labor que considera ser el único que sigue al pie de la letra -aquí Glazer apunta a que dentro de la fabricación del nazismo y su proficiencia industrial de la masacre, aún seguía siendo un sistema corrupto entre ellos sin moral de ratas pisándose la cola para cobrar favores- a pesar de la ruptura matrimonial que tiene con Hedwig (Sandra Hüller) que no está dispuesta a dar su brazo a torcer y despegándose de su esposo si eso le permite mantener este falso paraíso como lo que mejor ha logrado en su vida.

Entonces… pues sí: entendemos que los nazis son malos y que lo que hacen en su ilusión de vivienda enternecedora es patético, pero La zona de interés materializa nuestras preocupaciones y expulse de ira a través de su propia construcción como producto fílmico en un ejercicio frío, con la cámara completamente fija exponiendo la decadencia al no mostrar nada, en rehusar de las condiciones tradicionales que usa el cine para engalanar su propuesta narrativa y pareciendo una retorcida visión de reality show en donde incluso las reglas tradicionales de la estética se rompen y de forma bastante agresiva con personajes entrando y saliendo del cuarto a los que metódicamente vemos como si fueran hormigas, porque de esta en la distancia, pareciera que una visión extraterrestre está intentando razonar las justificaciones de vida de fascismo.

Algo dentro de esa alienación también resulta bastante curiosa cuando en determinados momentos la película construye planteamientos con los tradicionalismos fílmicos en sus extraños términos: la frialdad de Hoss y su familia en no ver lo obvio termina invadiendo a la película que en forma metatextual agoniza, buscando colores chirriantes de forma sorpresiva o estableciendo una subtrama en paralelo opuesta en los conceptos imposibles: de no negar la existencia del mal y a pesar de lo que le pueda pasar, actuar por un valor humano.

Cualquier otro director plantearía esto de forma victoriosa pero Glazer no lo busca así: estos momentos son quizás más abstractos y enigmáticos que la vista hogareña, porque se permite tener el score de Mica Levi absolutamente aterrador… en donde al parecer la única reacción que podemos tener entre la tensión de pensar lo inevitable de los captores, se dedica a lanzar guturales intermitentes o en donde su función documentalista rompe la barrera entre nosotros como audiencia y entendemos las consecuencias y registros del dolor, que entre las ganas de vomitar de  su protagonista no terminan saciadas por completo. Es repugnante en ciertos momentos y difícil de ver… pero así es la vida. La complacencia y confort de las películas no existe en esta cosa y por ende, la termina volviendo más valiosa.

Lo que sigue es un devaneo mental absolutamente escandaloso, pero es que no lo dejo de sentir. Ver La zona de interés me puso sensible, y de entre todas las cosas y que menos esperaría uno, me recordó a Snoopy. Hay un especial que vacila por mi cabeza desde mi infancia en donde el perro junto a sus amigos visitan un campo de amapolas -la misma flor que genera una de las arqueadas en donde la forma tradicional del cine quiere escapar de las garras de esta construcción maligna- al mismo tiempo que recitan famoso poema En los campos de amapolas de John McCrae caminando en los campos de batalla percibiendo que en donde están, hay muertos sin fin, y en donde el especial acaba con la pregunta hacia Charlie Brown de qué hemos aprendido.

Más allá de la relación con la flor, considero que ese tipo de representaciones, las que nos cuestionan directamente y no buscan un conformismo o la idea de querer apagar nuestra realidad, es la que se queda grabada en la memoria, a la que volvemos de vez en cuando para pensar en qué era lo que su enigma gritaba, y en ponernos la piel de gallina de siquiera considerar que tal deshumanización llegó a pasar.

Absoluta abominación necesaria, quizás no la vuelva a ver en mucho tiempo, pero se queda.

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