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miércoles, julio 24, 2024

El mesías reluctante – Dune: Parte dos (2024).

Villeneuve logra un matrimonio entre las complejidades de la tragedia de Paul Atreides y la escala épica de ciencia ficción en una superior secuela.

En Dune (1984) de David Lynch, uno de los cambios más radicales que ocurren en la película es sobre el destino de Paul (Kyle MacLachlan), el cual acepta su posición como el salvador de los fremen y en un acto divino de sus poderes hace que la lluvia llegue al planeta Arrakis. Las implicaciones de la llegada de la lluvia en el planeta desértico son complejas porque por una parte es atender el mantra de los fremen por mejores condiciones en su entorno, pero la realidad es que este final fue uno que se eligió en la batalla de la producción de los Laurentis y David Lynch.

La producción de Dune del ’84 es tan compleja y resulta imposible de abarcar bajo una sola mirada objetiva haciendo un completo rashomón del ejercicio encontrando múltiples versiones de las anécdotas de producción (recomiendo el libro de Max Evry A Masterpiece in Disarray, el relato más completo de toda la película en donde hasta obtuvo una entrevista de Lynch, famoso por negarse a hablar del tema en todos estos años), pero lo que sabemos hasta ahora es que Lynch apuntaba a uno mucho más psicodélico y oscuro con similitudes a la evolución de David Bowman (Keir Dullea) en 2001: Odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968) pero que Dino omitió para tratar de darle un final más adecuado a las audiencias, un final feliz por así decirlo… sin ponerse a pensar en las implicaciones de que la lluvia llegara a un planeta en donde los gusanos mueren al contacto con el agua, ergo no se genera la especia, ergo no hay viajes espaciales (aunque de manera sorpresiva, resulta que Lynch lo encontró mejor al que planeó, también considerando que la afinidad que tenía sobre la novela era respecto a la percepción mesiánica de Paul en un tono glorificante y que por ese entonces había estado teniendo contacto con la meditación trascendental que impartía Maharishi Mahesh Yogi).

Sobra decir que las reseñas que salieron de Dune hace 40 años fueron una completa masacre y entre que la asociaban a una imitación del Star Wars de George Lucas pero con absoluta torpeza -uno podría asegurar que esta versión de Dune es lo que hubiera salido de Star Wars si Lucas no se hubiera puesto a la defensiva- la mayor controversia que se puede encontrar entre fanáticos fue la idea de la lluvia, porque su mayor pecado es que atiende la necesidad de domar a Dune como un material sano y fuera de crítica, una idea superflua sanitizada de los héroes que no estaba en las intenciones de Frank Herbert.

Esta idea de Dune -la del camino del héroe benevolente, no la lluvia- se ha permanecido dentro del colectivo popular, incluso Jodorowsky en su infame adaptación inexistente de Dune previa a la de Lynch apuntaba a ese objetivo sin considerar las ramificaciones y vistas en un sacrificio martírico, y era uno de los principales elementos que Dennis Villeneuve debería superar en su odisea de traer la novela a nuevas generaciones en un omnibus que comprende el material en forma de 2 películas, de la cual la primera dejó un sabor insípido; si bien su entendimiento de la escala y el imaginario brutalista del universo que rodea el gremio espacial es perfecto, en donde falla es en el desarrollo convincente de sus personajes, moviéndose en un gris poco efectivo y en donde además se podía percibir la amenaza de tomar a Dune en el conformismo.

Hoy me alegra decir que esto no pasa, porque Dune: parte dos, es una secuela que aprende de los errores de la anterior y no se compromete en sus observaciones catastróficas, lo que la primera entrega había prometido se logra en esta ocasión.

Esto es logrado por las decisiones de Villeneuve -ahora sin Eric Roth acreditado en el guión, lo que da a entender de su participación en revisiones y no en base- a la hora de representar la asimilación de Paul (Timothee Chalamet) entre los fremen y con ello altera un tanto las aspiraciones de los personajes en la obra original pero a beneficio de una sensación más redonda de las intenciones críticas, porque casi todos son un deterioro de lo que han sufrido. Paul comienza a adquirir un sentido de identificación, algo que nunca ha logrado tener con las presiones de su entorno real y de castas, de pronto las aspiraciones al poder no tienen relevancia al encontrarle sentido a su vida de supervivencia y guerrillero… pero eso incluso lo presenta de forma más trágica, porque Paul sigue sin despegarse, de ser independiente, de ser un humano más allá de su legado e imposición heroíca.

Entre los caminos que decide tomar, los amigos que hace de encontrar al amor de su vida, es inevitable escuchar o ser testigos de las maquinaciones religiosas y de control de masas que van ocurriendo, sea bajo el fanatismo de los fremen liderados por Stilgar (Javier Bardem) quien cree haber encontrado al hombre que los va a liberar del yugo y que cada camino o decisión que el pobre príncipe toma parece reforzar esta creencia -visto en un tono sorpresivamente humorístico: imaginen algo como La vida de Brian (Terry Jones, 1979) de los Python– o el absoluto degenere de mentalidad que Jessica (Rebbeca Ferguson) ha tenido, consecuencia igual de trágica que la de su hijos a quienes construyó bajo un perfil de amor incondicional a su esposo pero que las circunstancias la orillan a entregarse a la mente maestra detrás del miedo y obtención de credibilidad de la mitificación de Paul.

Dune: parte dos se devanea entre esos peligros que Herbert había postulado en su saga y son momentos de verdadera incomodidad porque no accede a un camino redentivo. Es más, podríamos aseverar que Paul no encuentra eficaz el camino del héroe arquetípico de Joseph Campbell -la vara con la que hemos medido los grandes relato mitológicos y ficticios de nuestros tiempos- porque teme que detrás de esa fachada se manche las manos de una sangre que no podrá borrar. Chalamet en esta ocasión se encuentra mucho más conflictuado como Paul pasando por un rango emocional completo en un debate por la calidad y nobleza de un joven aceptado o la dureza como un líder, y entre esos perfiles sus aspiraciones saltan desde la justicia por el pueblo que adopta y que ve descarnado, la venganza de su padre y el miedo absoluto de perder el control en donde su único freno parece ser Chani.

Chani (Zendaya) es el mejor agregado en Dune: parte dos. Era de esperarse la malicia de Feyd-Rautha (Austin Butler) como una versión alterna de Paul sin honor y sin miedo al poder de la manipulación de las masas aderezado con la extrañeza de presentar a Giedi Prime como un planeta degenerado, o de la fragilidad desnuda del emperador Shaddam (Christopher Walken) al descubrir que su plan para el beneficio del gremio y su imperio no ha salido como deseó, enfrentando también la curiosidad de parte de su hija Irulan (Florence Pugh) atraída con la idea del Muad’Dib de quien se vuelve su cronista… pero Chani evoluciona. Si en la novela Chani se presenta como un personaje clásico romántico si mucha aspiración y más como objeto de deseo, Villeneuve le presta más peso como uno que trata de mantener los pies en la tierra de su amado ante la vilificación del ego; es entre esos debates por el destino de Paul que Chani parece ser la única que lo trata con la dignidad que merece y por ende, el camino que va construyendo la película como juguetes de los dioses impacta para cuando los pininos de la jihad florecen es de lo más trágico.

Ese descenso a las implicaciones puede agarrar de sorpresa a sus audiencias, porque es fácil dejarse llevar por lo impresionante del desierto David Leanista de Villeneuve y Greig Frasier que nos deja insignificantes, de entender a los fremen como el pueblo oprimido en busca de su tierra frente a los colonizadores -algo que nunca pasa en la vida real ¿Verdad?- y de la epopeya de venganza y romance, pero hacia el final de todas las cosas, existe un trago amargo en las consecuencias que nos advierten, de cómo en realidad hemos visto el camino de un antihéroe, y del cómo Chani que incluso es el tema principal de la música de Hans Zimmer -en uno de los pocos scores modernos en donde ahora sí le echó ganas- se mantiene fiel a sus convicciones a pesar de todo, y en donde el acto final lejos de sentirse triunfal es un golpe al alma más cercano a cuando Kay (Diane Keaton) se daba cuenta de la naturaleza de Michael Corleone (Al Pacino) en El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), incapaz de hacerle frente. Y a pesar de eso Villeneuve logra un esquema complejo de la filosofía de Herbert y sus amenazas, con todo el sabor de una épica que no se siente en sus tres horas de duración que justifica su expansión y demanda ser vista bajo las características de una sala gigante, uno de esos llamados eventos fílmicos que ya casi no existen en nuestros tiempos.

Lo que se está prometiendo para futuras entregas suena emocionante, porque Villeneuve ha puesto las fichas encaminadas a su declive moral y emocional sin miedo a las represalias y confiando en la inteligencia de las audiencias, ahora sólo falta ver si estas reaccionan de forma esperada y están dispuestas a proseguir con la idea de ver una saga de entidades y acciones sin tapujo de ética.

 

 

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